América Latina es el área en desarrollo con mayor tasa de urbanización del planeta, y la tendencia estimada por Naciones Unidas indica que, en 2050, el 90 % de su población habitará en ciudades. Todo un desafío para los Estados, que aún no han logrado resolver los grandes retos de estas inmensas aglomeraciones urbanas, que son la pobreza, la inseguridad, la contaminación y la movilidad.

La propagación del concepto de smart city (ciudad inteligente, en español) ha llevado a muchos a buscar la solución a los retos de las ciudades en la tecnología. Efectivamente, históricamente la tecnología ha sido esencial en el progreso social, así fue que la máquina de vapor originó la revolución industrial y la aparición de las clases medias. Sin embargo, por sí sola la tecnología no otorga la solución a los retos mencionados. Es más, tal vez ya existan soluciones tecnológicas efectivas para eliminar la pobreza, reducir la desigualdad, controlar la contaminación y racionalizar la movilidad y, sin embargo, los problemas permanecen. Parece que la ausencia de solución se justifica, por tanto, por motivos no tecnológicos.

Los tecnólogos, probablemente de manera interesada, han impuesto un relato de la ciudad inteligente determinado por indicadores de desempeño en la gestión de servicios municipales. Afirmar que una ciudad es inteligente por el hecho de utilizar las nuevas tecnologías para gestionar procesos de servicios municipales es reduccionista. La ciudad, entendida como un proyecto de convivencia en un territorio, es inteligente cuando las condiciones de vida de sus ciudadanos son óptimas. Filósofos, arquitectos y comunicadores deberían sumarse a la tarea de diseñar la ciudad para reconducir la dirección que la corriente de opinión sobre el modelo gestión pública está tomando últimamente. Así, dentro del campo de estudio de las smart cities se escucharían más conceptos como calidad de vida, resiliencia, decrecimiento e incluso felicidad. Algunos investigadores han elaborado rankings de ciudades inteligentes que ya tienen en cuenta este punto de vista, tales como el nivel educativo o la esperanza de vida, pero en la mayoría de los métodos publicados prevalecen los indicadores tecnológicos.

La ciudad, entendida como un proyecto de convivencia en un territorio, es inteligente cuando las condiciones de vida de sus ciudadanos son óptimas

La oportunidad para Latinoamérica que puede traer la popularidad de las smart cities se encuentra en que la gestión urbana se ha convertido en un tema de debate recurrente. Desde hace un lustro, la ciudad inteligente es objeto de análisis en congresos empresariales, un creciente número de artículos científicos y encuentros de gestores municipales, la entradas en Google del concepto han crecido exponencialmente, y aún más, la aparición de rankings de ciudades ha acarreado que hasta los alcaldes se sientan obligados a competir por llevar a su ciudad a la cima de las ciudades “inteligentes” y no caer en el hoyo de las ciudades “tontas”. Para los individuos, la ciudad es el principal espacio de interacción social legalmente constituido, de su buen funcionamiento dependen la mayoría de factores que condicionan su calidad de vida. El establecimiento en América Latina de una conversación profunda sobre gestión municipal debería redundar en un perfeccionamiento de la provisión de servicios públicos y una mejora de la convivencia.

La oportunidad para Latinoamérica que puede traer la popularidad de las smart cities se encuentra en que la gestión urbana se ha convertido en un tema de debate recurrente

La ciudad inteligente se clasifica en seis categorías; a saber, gobierno inteligente, medio ambiente inteligente, economía inteligente, movilidad inteligente, ciudadanos inteligentes y modo de vida inteligente. Latinoamérica presenta espacio de mejora en todas ellas y también tiene modelos en los que otras regiones del planeta deben fijarse.

El primero, el “gobierno inteligente” hace referencia a la oferta de servicios electrónicos, así como las medidas y políticas que facilitan la transparencia y la participación ciudadana en la toma de decisiones. La mayoría de países latinoamericanos se encuentran atrasados en cuanto a la adopción de la administración electrónica en relación a Europa y Norteamérica, con la excepción de Colombia y Chile, que presentan desarrollos avanzados, al menos a nivel de administraciones nacionales. Una mayor inversión en administración electrónica se hace conveniente en la región y redundaría a largo plazo en ahorros de costes, tanto para la propia administración pública como para el sector privado. Además, la puesta en marcha de iniciativas que fomenten la participación ciudadana redundaría en un fortalecimiento de las instituciones. En la región existen casos de estudio como Porto Alegre, que en 1988 se convirtió en la primera gran ciudad mundial en establecer los presupuestos participativos. Además, hay proyectos innovadores más recientes como la plataforma tecnológica Mudamos.org para votar proyectos de ley en Brasil. También cabe destacar que Brasil y, sobre todo, México ocupan lugares destacados en el índice de datos abiertos (Open Data Barometer) de la World Wide Web Foundation.

Por su parte, el “medio ambiente inteligente” se sustenta en la reducción del impacto medioambiental y las medidas de eficiencia energética. En la región se da la paradoja de contar con los mayores pulmones verdes del planeta y, simultáneamente, sufrir altas dosis de contaminación en las megaciudades. Medellín es un caso de estudio internacional por la planificación urbana liderada por sus tres últimos alcaldes, consistente en impulsar sistemas medioambientalmente eficientes de transporte y sensibilizar a la sociedad sobre la protección del medio ambiente. La asesoría del BID a ciudades de tamaño mediano como Cuenca (Ecuador), Trujillo (Perú) o Montevideo (Uruguay) también ha sido el origen de una transformación en la gestión del medio ambiente urbano. No obstante, los líderes municipales regionales aún tienen pendiente dar un impulso enérgico y duradero al uso de energías renovables, la reducción de consumo de recursos naturales y la mejora de la fiabilidad de suministro de las redes de distribución de energía, agua y saneamiento.

En lo referente a la “economía inteligente”, las diferencias entre países son pronunciadas. Por un lado, la productividad se basa eminentemente en salarios bajos y es difícil encontrar ejemplos de innovación empresarial a nivel de toda una ciudad. Es preciso fortalecer los sistemas de investigación e innovación para que contribuyan al desarrollo de todo el ecosistema urbano. Por el otro lado, en una región en la que solo Chile y Panamá ocupan uno de los 50 primeros lugares en el índice de competitividad global, es evidente la necesidad de poner en marcha reformas para aumentar la productividad y ejecutar políticas que favorezcan el desarrollo de empresas innovadoras con visión internacional.

La movilidad se ha convertido en uno de los problemas de las megaurbes latinoamericanas debido a las insuficientes infraestructuras y sistemas de transporte público, a la explosión del uso del vehículo privado y a la falta de voluntad política de normativizar. Los ejemplos de Bogotá, con la puesta en marcha del Transmilenio y las normativas promulgadas con el fin de descongestionar el tráfico, sobre todo de Curitiba (Brasil), con un sistema de transporte innovador, son ejemplos que otras grandes ciudades deberían tomar en cuenta. Modelos de negocio innovadores surgidos de las nuevas tecnologías podrían facilitar la financiación de estas infraestructuras.

El alcance de la educación3 es uno de los más destacados avances de la región en el presente siglo, lo mismo que el reconocimiento y apoyo a las etnias más desfavorecidas en ciudades como Río de Janeiro. Una nueva generación de “ciudadanos inteligentes” de mente abierta y comprometidos con la mejora de su comunidad representa hoy la esperanza de un futuro prometedor en Lima, Bogotá o Quito. Continuar incentivando la educación y la inclusión digital es esencial para crear un ecosistema próspero.

Buenos Aires y Ciudad de México son hervideros culturales. El turismo no para de aumentar en Ciudad de Panamá y San José de Costa Rica. El índice de calidad de vida en las ciudades latinoamericanas ha crecido en este siglo de manera sostenida. No obstante, persisten problemas graves como la inseguridad o la deficiencia de los servicios de salud que podrían solucionarse mediante el uso de las nuevas tecnologías. Un caso paradigmático es el Centro de Operaciones de Río de Janeiro, que se instaló en previsión de los dos macroeventos deportivos que acogería la ciudad en 2014 y 2016, y que es probablemente el sistema tecnológico de seguridad más completo y avanzado en el mundo.

Hará que las ciudades avancen más rápido en el reto de ser smart, entendida la palabra como el aquello que la convierta en auténtica

La tecnología debe contribuir a solucionar los retos básicos y recurrentes en la región y, además, los específicos de cada territorio porque las ciudades precisan tener su propia personalidad. Por un lado, la diferenciación es la manera de competir por inversiones, talento y otros tipos de recursos; por el otro, la personalidad de la ciudad es el resultado de la libre participación de los ciudadanos en la toma de decisiones sobre el futuro del proyecto compartido en el cual viven.

La colaboración entre los distintos actores del ecosistema […] hará que las ciudades avancen más rápido en el reto de ser smart, entendida la palabra como el aquello que la convierta en auténtica

La visión amplia de la ciudad inteligente, que identifica la oportunidad para Latinoamérica en el debate que se ha generado en torno a la gestión municipal, y no pone su único foco en la tecnología, requiere activar el ecosistema para lograr el objetivo de mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. La colaboración entre los distintos actores del ecosistema (gobiernos, empresas, investigadores, tercer sector y ciudadanos) hará que las ciudades avancen más rápido en el reto de ser smart, entendida la palabra como el aquello que la convierta en auténtica.