Podrían correr ríos de tinta y horas de scroll para incluir solo una parte de la historia económica-política en la que se repite la idea de que para lograr una democracia más sólida y transparente es necesaria la participación de la sociedad civil y la rendición de cuentas de sus gobernantes. Nada nuevo bajo el sol.

Lo que sí parece más novedoso son los cambios exponenciales del siglo XXI. El conocido término que hoy muchos utilizan para referirse a la vertiginosa realidad cambiante, “modernidad líquida”, fue acuñado por Zygmunt Bauman, en 1999, para describir la ausencia de forma en un mundo desestructurado, en el que ya no hay seguridad en el empleo, el estado de bienestar es cada vez más frágil o la globalización difumina la cultura local.

Precisamente de este concepto ha bebido la “democracia líquida” que, entre otros, definió Steven Johnson en su obra Futuro perfecto en 2012. El periodista de The Financial Times explica cómo internet genera una estructura tecno-social descentralizada –las famosas redes de pares que ésta crea, como el proyecto Wikipedia– que es capaz de superar lo que él denomina como “el centralismo jerárquico del Estado”. La democracia líquida, así, conecta a activistas y emprendedores que
buscan soluciones a los retos de la modernidad líquida bajo los principios de igualdad, cooperación y participación.

El nuevo paradigma de la democracia líquida es, por tanto, democratizar la ciudadanía y ciudadanizar la democracia: dar mayor protagonismo a los ciudadanos, reconociéndoles la posibilidad de votar decisiones y realizar propuestas, a la vez que dotarlos del mecanismo de ceder su voto a personas más especializadas o de su confianza.

La democracia líquida conecta a activistas y emprendedores que buscan soluciones a los retos de  la modernidad bajo los principios de igualdad, cooperación y participación

La uberización de la democracia:  la revolución blockchain y la partipación ciudadana

Igual que Uber está revolucionando los mercados, parece como si la tecnología blockchain, además de poner patas arriba a sectores económicos como la banca tradicional, también lo estuviera haciendo con la democracia. ¿Pero qué es el blockchain? La “cadena de bloques” es un protocolo que capacita a las personas para crear confianza mediante códigos encriptados inteligentes. Blockchain permite hacer un registro de operaciones que se distribuyen y sincronizan entre muchos ordenadores y que no puede alterarse sin consenso.

Si algo va a cambiar esta tecnología es la forma en la que vamos a participar en la democracia. Expertos como Stefan Junestrand sostienen que el blockchain puede mejorar la gestión de la administración pública, permitir la economía colaborativa con mayor seguridad para todas las partes o contribuir a las políticas de sostenibilidad, en el marco de las smart cities. Por su parte, el autor de La revolución blockchain, Dan Tapscott, revela que con este protocolo se podrá usar el big data para los mercados de predicción, por lo que se podrá pronosticar, por ejemplo, las tasas de desempleo que causarán determinadas inversiones públicas. Toda una revolución.

Estas nuevas formas de participación ya existen en muchos lugares. Sin ir más lejos, el Ayuntamiento de Alcobendas va a permitir a sus ciudadanos votar a dónde quieren que se destinen determinadas partidas presupuestarias con tecnología blockchain. Otro caso disruptivo es la app Sufragium, la mayor comunidad de votaciones, única por su identificación de personas a través de documentos oficiales, cuyo voto está encriptado y además permite una comunicación directa entre ciudadanos y ayuntamientos, u otros organismos.

El blockchain puede mejorar la gestión de la administración pública, permitir la economía colaborativa o contribuir a las políticas de sostenibilidad, en el marco de las smart cities

Pero si damos un paso más en la participación, nos encontramos con el país que más democracia electrónica practica, Estonia, que ya en abril de este año el 30 % de sus ciudadanos votaron a través del móvil en las elecciones generales. Una buena solución ante la baja participación y la desafección política.
Otras iniciativas de participación ciudadana no menos importantes, aunque menos disruptivas en lo tecnológico, son las consultas públicas que han lanzado en sus respectivas webs varios ministerios del Gobierno de España, como es el caso del Ministerio de Agricultura, para preguntar a sociedad civil y expertos sobre el proyecto de ley que prohibirá las bolsas de plástico en 2020; o el de Industria, para definir las características de convocatorias de grandes proyectos TIC. Con software libre han sido lanzadas las plataformas de presupuestos participativos del Ayuntamiento de Madrid, Decide Madrid, enfocada a canalizar la participación ciudadana sobre tres pilares: la relación con los concejales, la participación en proyectos municipales y el impulso de propuestas ciudadanas; y la del Ayuntamiento de Barcelona, Decidim Barcelona, cuya web combina los foros de debate virtuales con los presenciales.

Tecnología al servicio del bien común: BigData4Good y Apps4Citizens

El premio Nobel, Tirole, explica su teoría de la economía del bien común así:

“La economía no está ni al servicio de la propiedad privada y los intereses individuales, ni de los que querrían utilizar al Estado para imponer sus valores. La economía está al servicio del bien común para lograr un mundo mejor”.

Esta misma definición es la que persigue la tecnología con impacto social.

Tanto es así que, el clúster de Innovación Social, SIC4Change, que pretende transformar la forma en la que se afrontan y resuelven los problemas sociales, en su evento colaborativo BigData4Good
identifica posibles usos de big data para emprendedores sociales, ONG o el sector público, como el World Food Program de Naciones Unidas en Pakistán, que registra las entregas de comida y dinero a cada familia en un blockchain público para facilitar el control y la transparencia de la ayuda prestada.

Asimismo, plataformas como Apps4Citizens, que reúnen a numerosas iniciativas en su repositorio web, promueven el uso de aplicaciones para la participación ciudadana. Este es el caso de JoinIn, la primera app de ciudadanía colaborativa que permite crear iniciativas solidarias o unirse a otras ya existentes. O RefAid, una app de ayuda a personas refugiadas y migrantes que contribuye a coordinar la labor humanitaria.

Esto es solo una muestra sobre cómo se pueden aplicar las tecnologías exponenciales para resolver los grandes retos de la humanidad. Porque, como sostiene Peter Diamandis, fundador de Singularity
University, “los mayores desafíos globales son precisamente las mayores oportunidades de negocio”, lo cual genera un enorme valor compartido para la sociedad.