La ciudad es el espacio de expresión de la sociedad en la que habitamos y, a su vez, es la manifestación construida de lo que somos.

En el mundo en que vivimos las viejas fronteras de espacio y tiempo tienden a difuminarse cada vez más. Aunque este fenómeno no es nuevo, podemos afirmar que en las últimas décadas de asentamiento definitivo de la economía global, los flujos migratorios, los medios de transporte, el desarrollo de las telecomunicaciones, así como otros avances en la ingeniería y en la ciencia, han experimentado un crecimiento exponencial con consecuencias muy visibles en nuestras ciudades, que están sufriendo importantes transformaciones estructurales.

La ciudad es el espacio de expresión de la sociedad en la que habitamos y, a su vez, es la manifestación construida de lo que somos

Buenos Aires es una ciudad de tres millones de habitantes, centro de un Área Metropolitana que llega a los 14 millones y cubre un territorio de territorio de 2.590 km2. Es la principal sede de decisiones e interacciones empresarias y el segundo distrito industrial del país. El contexto de su planificación está atravesado por profundas transformaciones propias de las ciudades metropolitanas, que se manifiestan en su espacio social y urbano. La privatización de los servicios públicos, el impacto de las telecomunicaciones y la informática, la reconversión económica, la segregación social y los nuevos patrones de suburbanización son algunos de los nuevos factores que se articulan en un contexto de alta competitividad entre países, regiones y territorios, e inciden en la necesidad de recomponer el rol de Buenos Aires como ciudad autónoma y capital de una nación en un marco de economía abierta.

A más de un siglo de su capitalización (1880) y de la delimitación de sus fronteras jurídico administrativas (1887), Buenos Aires adquirió, en 1996, el estatuto de ciudad autónoma y su jefe de Gobierno fue elegido por la ciudadanía. La estructura urbana actual surge tanto de las grandes transformaciones operadas sobre el casco antiguo por la generación de 1880, que culminaron en el Plan de Estética Edilicia de 1924 y el Código de la Edificación de 1944, como de las ideas del Código de Planeamiento Urbano de 1977, y sus posteriores modificaciones hasta el día de hoy, con un nuevo código urbanístico en ciernes.

Nuestra ciudad, enfrenta en lo inmediato, una cantidad de desafíos, muchos reales, otros imaginarios, necesarios de resolver, pero con la certeza de que es una ciudad excepcional y que gracias a esta calidad su estructura básica resiste los errores cometidos y admite correcciones que reviertan una tendencia hacia la fragmentación de la ciudad, y a la individualización de la experiencia y de las relaciones sociales. El ciudadano lo percibe, actúa y reacciona, personas de todas las clases sociales establecen redes de interacción y recrean la sociedad urbana desde la base. Crean redes relativamente estables y generan organizaciones comunitarias y movimientos sociales urbanos que desempeñan un papel fundamental en la configuración de la ciudad contemporánea. Recuperar la dimensión humana de la ciudad y, con ello, reafirmar la identidad de los que la habitan. Tema de gran calado que, como todo lo importante, empieza por lo pequeño, lo cercano. Porque mejorar la ciudad y los barrios pasa por recuperar la influencia de sus habitantes en las decisiones que van a afectar al entorno inmediato en el que se desarrollan sus vidas. Es, por tanto, el primer paso para la regeneración de ese antiguo invento, tan importante como deteriorado, que llamamos democracia ciudadana. De ahí que sea fundamental supeditar la formación de la ciudad a los auténticos intereses generales y no al simple crecimiento, exento de desarrollo, con la ocupación indiscriminada de zonas a criterio de quien quiera promover su urbanización.

Es imposible pensar en una ciudad que no crece, que no evoluciona y se adapta a su tiempo. Lo contrario sería condenar a nuestra ciudad a morir. Una ciudad que se actualiza, por consiguiente, debe por definición cambiar. Tampoco la ciudad puede pensar en crecer sin un Estado que oriente y que ayude a impulsar la inversión privada, que invierta en espacio público y edificación pública de calidad, y que cree un proyecto lo suficientemente fuerte como para que pueda ser desarrollado en el tiempo, integrando la permanente negociación entre la forma urbanística, la programación y la definición arquitectónica.

Es imposible pensar en una ciudad que no crece, que no evoluciona y se adapta a su tiempo. Lo contrario sería condenar a nuestra ciudad a morir. Una ciudad que se actualiza, por consiguiente, debe por definición cambiar

El desafío de estos proyectos es poner a prueba la capacidad para integrar los diferentes parámetros de la complejidad urbanística y de su gestión: multiplicidad de los actores intervinientes, mezcla de los interlocutores públicos y privados, inestabilidad programática, cambio de los usos que afectan al espacio urbanístico y arquitectónico que debe ser proyectado como un proceso no estático, con idas y vueltas continuas entre la idea global, las múltiples formalizaciones y las puestas en obra escalonadas en el tiempo.

Buenos Aires debe ser una ciudad previsible, interconectada, de rol definido, con un plan urbano ambiental y estratégico, que oriente y permita su ordenamiento y previsibilidad. Debe tener códigos para la edificación y urbanización ordenados, actualizados y consensuados entre profesionales, instituciones y vecinos, y una justicia capaz de entender los temas urbanos y proporcionar una verdadera seguridad jurídica. Debe poseer una obra pública de gran calidad y ejemplificadora a través de concursos públicos y transparentes. Una ciudad autónoma como fue concebida en la Constitución de 1994, es decir, con política de transporte, manejo de la seguridad y de sus tierras. Una acción conjunta con la provincia de Buenos Aires que permita articular el umbral metropolitano. Una dirigencia dedicada a planificar los próximos 30 años de la ciudad con creatividad y sin miedos.

Para cambiar y reconstruir Buenos Aires acorde con los tiempos presentes y futuros, debemos mejorar nuestra calidad como ciudadanos, más conscientes de la pérdida que ha implicado no involucrarnos con lo común.