Anotemos estas cifras: Tokio tiene 38 millones de habitantes y es la metrópoli más poblada del mundo. Le siguen Nueva Delhi con 27, Seúl con 25, Shangai con 24, Bombay con 23, Ciudad de México con 22, São Paulo, con 21, Pekín con 21 también, Osaka con 20 y Nueva York, igualmente con 20 millones de habitantes. Son las ciudades más grandes del planeta. Algunas cifras más: en 2015 había en el mundo 28 urbes con más de 10 millones de residentes, de las cuales 16 se localizan en el continente asiático. En Hong Kong se han construido más de 6 mil rascacielos con más de 20 pisos, superando la Bionic Tower los mil metros de altura. En Ciudad de México circulan al día 5 millones de vehículos, Berlín tiene una densidad de 3.837 habitantes por kilómetro cuadrado y Bombay 23.989. En las ciudades de Estados Unidos hay 30 millones de plazas de garaje y el récord de construcción de un rascacielos de 57 pisos se registró en China: solo se demoró 19 días en su ejecución completa.

Todas estas cifras son sumandos de un resultado total tan revolucionario como inquietante: en solo tres décadas el 70 % de la población del mundo (6.400 millones) vivirá en entornos urbanos y las zonas rurales se quedarán vacías, grandes espacios desocupados solo utilizados como granero de las ciudades en una agricultura tecnificada e intensiva. La ciudad es ya, y lo será más aún en los próximos años, el gran actor político y tecnológico del siglo XXI y, por lo tanto, el poder estará allí donde se den grandes concentraciones demográficas. Las ciudades se alzarán como las grandes interlocutoras de los Estados, impulsarán la economía digital-colaborativa, serán todavía más que hoy hegde cities (centros de inversión) y smart cities (ciudades inteligentes), concentrarán por completo las manifestaciones culturales e impulsarán los nuevos empleos (especialistas en robótica, analistas de ciberseguridad, científicos en el ámbito de la inteligencia artificial, ingenieros de plataformas, arquitectos de cloud, expertos en innovación urbana y técnicos de impresión en 3D, entre otros).

Las ciudades se alzarán como las grandes interlocutoras de los Estados, impulsarán la economía digital-colaborativa, serán todavía más que hoy hegde cities (centros de inversión) y smart cities (ciudades inteligentes), concentrarán por completo las manifestaciones culturales e impulsarán los nuevos empleos

Las transformaciones serán –comienzan a serlo– realmente revolucionarias. La movilidad como gran problema del presente se solventará con la demonización del vehículo privado, que dejará su espacio al transporte público con tecnología híbrida y eléctrica en superficie y mayores redes de suburbanos y tranvías. Se producirá definitivamente la eclosión de la bicicleta, tanto por limpieza y rapidez, como por necesidades sanitarias, como medio para vencer el sedentarismo y las enfermedades con que se asocia. La peatonalización hará que las ciudades sean para las personas y se crearán avenidas de paseo y no de coches. Serán ciudades con cobertura universal de wifi y se podrá trabajar en la calle porque amplias zonas urbanas serán cubiertas para protegerlas de las lluvias y dotadas de calefacción para combatir las bajas temperaturas. Todo será más limpio porque esas grandes urbes han de ser sostenibles, y al servicio de ese objetivo se pondrá una tecnología que utilizará la robotización hasta extremos que quizás ahora no llegamos a suponer.

Según las conclusiones del foro inaugural de la Fundación Norman Foster, en mayo de este año en Madrid, habrá que construir ciudades para más de mil millones de personas en los próximos 25 años, especialmente en África y Asia en espacios que ahora carecen, incluso, de acceso a agua potable y saneamiento. En ambos continentes, cincuenta personas por hora se mudan del campo a la ciudad. Los arquitectos, los sociólogos y los científicos, lejos de considerar esta gran migración como una tragedia, la están encarando como un enorme desafío, sirviéndose de la tecnología y las nuevas herramientas de gestión. Porque la ciudad se configura como un ámbito en el que todas las capacidades colectivas e individuales pueden ser desarrolladas. Desde una empleabilidad más sofisticada hasta una ampliación extraordinaria de la esperanza de vida gracias a los equipamientos sanitarios. Las ciudades más degradadas se recuperarán como lo hizo la ciudad colombiana de Medellín y, en otra medida, como Bogotá, ambas ejemplo de una nueva sostenibilidad por la construcción de ciclovías, sistema de tránsito rápido y limpio, bibliotecas, escuelas y hospitales.

Esta transformación no se producirá solo en ciudades degradadas o grandísimas conurbaciones latinoamericanas y asiáticas. Las grandes ciudades europeas han abordado extraordinarios planes de reformulación de su desarrollo. En Londres, King’s Cross será el mayor núcleo de comunicaciones de la capital británica, Canary Warf ha regenerado la zona portuaria y Nine Elms será pronto un distrito financiero, residencial y comercial de la urbe, haciendo de una zona altamente degradada un espacio de primera categoría. En París, La Défense ha prolongado los Campos Elíseos y ha creado un centro de negocios de más de tres millones de metros cuadrados. Ámsterdam también ha rehabilitado en Zuidas más de un millón y medio de metros cuadrados para oficinas y viviendas. Milán tiene su gran logro en Porta Nuova que enlaza tres barrios, antes bloqueados entre sí, convirtiéndose en un nuevo distrito de usos mixtos. Mission Bay, en San Francisco, ha dejado de ser un espacio de playas ferroviarias y lo ha ganado para la universidad, los laboratorios de biotecnología y centros oncológicos. En Nueva York, Hudson Yards es el mayor proyecto inmobiliario privado de la historia de la ciudad que reconvierte una zona de Manhattan antes dedicada a usos industriales. Proyectos muy similares pueden registrarse en Melbourne o en Sidney. Y Berlín, con Posdamer Platz, se ha convertido en ejemplo de urbanismo recreador de las mejores identidades de las grandes ciudades.

Habrá que construir ciudades para más de mil millones de personas en los próximos 25 años, especialmente en África y Asia en espacios que ahora carecen, incluso, de acceso a agua potable y saneamiento. En ambos continentes, cincuenta personas por hora se mudan del campo a la ciudad

Madrid, según los arquitectos que han diseñado el plan maestro de la operación Distrito Castellana Norte, Richard Rogers y Simon Smithson, “dirá al mundo que ha vuelto” porque rehabilitará la zona norte de la ciudad, más de tres millones de metros cuadrados. Será un desarrollo compacto y denso, más funcional y barato, pero humano, con infraestructuras, espacios verdes, oficina de alto standing y viviendas tanto de precio libre como intervenido por la Administración. Será un pulmón para la capital de España, una inmensa prolongación del Paseo de la Castellana que creará un increíble espacio de convivencia de usos y servicios con capacidad para reponer a la ciudad de sus actuales carencias y, sobre todo, de recuperar la ilusión por la urbe como ocurrió en Barcelona con los Juegos Olímpicos de 1992, o con Londres con los de 2012.

¿Todo tan bonito y risueño? Ni mucho menos. La lectura del ensayo de Sergio del Molino La España vacía; o La destrucción de la ciudad de Juanma Agulles; o La ciudad del siglo XXI. Conversando con Bernardo Secchi; La España de las ciudades. El Estado frente a las sociedades urbanas, de José María Martí Font; Smart cities. Una visión para el ciudadano, de Marieta del Rivero; o Ciudades para un pequeño planeta, de Richard Rogers y Philip Guuchdjian sugieren grandes y graves problemas sociales e ideológicos. El social remite a la convivencia en espacios densos y complejos que hay que humanizar y a los que hay que restar esas energías negativas potencialmente destructivas. Las cuestiones ideológicas son aún más serias. Una izquierda supone que una parte de su lucha política consista en limitar la urbanización, lo mismo que acotar el libre comercio porque las ciudades fomentan “la lógica liberal y neocapitalista”. Por otra parte, los compartimientos políticos de los urbanitas son diferentes a los de los ciudadanos rurales. Se ha comprobado en Gran Bretaña. El 60 % de los londinenses votaron contra la salida del Reino Unido de la Unión Europea mientras en el conjunto del país ganó el leave. En Estados Unidos es también claro que el liberalismo de las grandes ciudades resulta extraordinario. Donald Trump no ganó en ninguna ciudad de más de un millón de habitantes. En Manhattan solo le votó el 10 % y en Washington el 4,1 %. En París, arrasó en mayo Emmanuel Macron y Marine Le Pen nunca ha superado en la capital de Francia el 10 % de los votos.

Una izquierda supone que una parte de su lucha política consista en limitar la urbanización, lo mismo que acotar el libre comercio porque las ciudades fomentan “la lógica liberal y neocapitalista”. Por otra parte, los compartimientos políticos de los urbanitas son diferentes a los de los ciudadanos rurales

Todo el mundo tiende a ser una enorme y gran ciudad. El reto consiste en gestionarla, en no olvidar las zonas rurales y tecnificarlas, y dotarlas de servicios, y reducir drásticamente el distanciamiento cultural y la confrontación ideológica. No se pueden detener los turbiones de la historia. Como ha escrito el autor de La España vacía y lo ha hecho con gran acierto: “El mundo actual es urbano, no solo en términos demográficos y de geografía política, sino en su concepto”.