Entrevista de José Antonio Zarzalejos: 

Alto, espigado y muy británico. Esa es la primera imagen que transmite Simon Smithson, uno de los arquitectos europeos más afamados, socio y mano derecha de Richard Rogers, premio Pritzker 2007 y coautor con él de grandes edificios, como la Terminal 4 de Madrid-Barajas por la que recibió el premio Stirling, concedido por la Royal Institute Of British Architects, Smithson, además, es un profesional volcado en España y América Latina, y en sus manos y en las de Richard Rogers se está cuajando el proyecto que según él “a escala es el más importante de las ciudades europeas”: el desarrollo norte de Madrid en la operación denominada Distrito Castellana Norte.

Los grandes problemas de las ciudades son la movilidad y la contaminación, por eso el coche disminuirá su uso privado y lo compartirá con otros medios de transporte

Smithson me recibe en su estudio de Madrid, situado en una planta luminosa de la céntrica calle Velázquez. Habla un español entrecortado y gutural pero inteligible con una entonación casi monocorde. Cuando le pregunto qué está pasando con las ciudades y su nuevo protagonismo, cuando ya llevamos camino de que acojan a más del 80 % de la población mundial, mi interlocutor se toma tiempo para contestar:

“Estamos volviendo a una estructura parecida a la Italia del Renacimiento, cuando las ciudades eran más importantes que los Estados, y este fenómeno también está vinculado con el empleo. Desde la revolución industrial el motivo de migración a la ciudad fue el empleo, el trabajo. Los grandes empleos son terciarios y ese el gran motivo de la urbanización, el pool de los empleadores instalados en la urbes que ofrecen buenos trabajos. Las ciudades, además, han entrado en competición entre sí y adquieren más importancia”.

¿Explicaría este movimiento del campo a la ciudad una diferenciación electoral o ideológica entre los ciudadanos urbanos y los rurales? Smithson supone que los condicionantes de la ciudad explican ese fenómeno pero no se adentra en una cuestión que quizás es más de sociología política que de urbanismo, aunque a reglón seguido explica que los problemas de las ciudades en la actualidad son específicos:

“En mi opinión –dice– creo que el principal es el de la movilidad, el tráfico y, como consecuencia, la contaminación, el sostenimiento del medio ambiente. El coche no desaparecerá pero tendrá que convivir con nuevas tecnologías (se refiere a los vehículos eléctricos y a los híbridos) con el transporte público. Por ejemplo, este problema ya se planteó en Londres y una de las revoluciones más notables fue el fenómeno de las bicicletas como medio de transporte rápido y limpio. Hay otros movimientos urbanos como el peatonal, muy característico en Nueva York”.

¿Y la habitabilidad, las zonas degradadas en las ciudades?

“Bueno –cabecea el arquitecto pensativo–, yo creo que estas situaciones en los suburbios tienen que ver con la extensión de los servicios públicos. En Madrid, el crecimiento de la población en los últimos años ha sido de entre el 10 % y 14 %, pero en ocupación de superficie es el doble o el triple. Los nuevos desarrollos en Madrid –y de otras ciudades– son de baja densidad, que implica mucho coste en el mantenimiento urbano como la iluminación, la limpieza o el transporte público”.

En estas circunstancias, ¿cómo deben crecer las ciudades?, ¿horizontal o verticalmente? De nuevo Simon Smithson se toma su tiempo para reflexionar:

“La densidad no está relacionada necesariamente con la altura. Eso es un poco mito. Mi preferencia es una combinación de ciudad en vertical y en horizontal. La altura de los edificios es algo misterioso. Después de los atentados del 11S en Nueva York se dijo que se reducirían las alturas de los edificios y sin embargo hoy hay más torres en construcción que nunca”.

La reflexión de Smithson conduce inevitablemente a otra: ¿la arquitectura se impone al estilo de la ciudad o es la que lo determina? Para el arquitecto británico la cuestión no tiene una respuesta terminante. Vuelve a hacer un largo silencio y responde:

“La tendencia desde los años cincuenta del siglo pasado indica que los edificios en todo el mundo terminarán por ser parecidos, pero hay otras escuelas de pensamiento que estiman que los edificios deben reflejar el espíritu de la ciudad. En el estilo de los edificios inciden las materias primas de la construcción, el clima, la accesibilidad y aunque la tecnología es común, los edificios deben reflejar las condiciones propias del entorno ciudadano, especialmente las climáticas. Un buen edificio captura el espíritu de la urbe. En Madrid se vive más en la calle; en Londres más en el interior. Hay otro aspecto del diálogo de los edificios con las ciudades: éstos tienen responsabilidad respecto de sus ocupantes pero también sobre el contexto de la ciudad”.

En Londres se produjo la revolución de la bicicleta como alternativa y en Nueva York, el fenómeno de la peatonalización

Smithson maneja proyectos en América Latina. Confiesa que el de Venezuela “está en pausa”. Se trataba de una estación de autobuses en su origen, pero de ahí derivó a un espacio público más completo y estético, multiusos, que sirviese también como un espacio cívico. Habla con entusiasmo, sin embargo, del que está en construcción en Bogotá, financiado por un empresario particular que quiere recuperar el centro histórico de la ciudad, el construido en los años cincuenta después de la revuelta conocida como “el Bogotazo” (abril de 1948) que destruyó buena parte de la urbe. “El sueño es que la capital de Colombia tenga el mejor espacio público del país”, dice el arquitecto, que se muestra optimista con el proyecto ya en fase de construcción. “La primera torre se inaugurará en Bogotá en 18 meses. Habrá oficinas, hotel, viviendas”. Se refiere también a la sede del BBVA en México, un proyecto del que se siente satisfecho y orgulloso.

Nunca como ahora se están construyendo grandes torres pese al impacto de los atentados del 11S

Su reto, y el de todo el estudio que lidera Richard Rogers, es el magno proyecto de desarrollo de la zona norte de Madrid:

“La ciudad no está conectada entre el norte y el sur. Es como si faltase un trozo de ciudad. Madrid es un invento relativamente nuevo. El barrio de Salamanca, la Gran Vía, la Castellana… son todos espacios del siglo pasado. Las ciudades, Madrid entre ellas, tienen que cambiar para sobrevivir. Lo entendió bien París y también Londres con los Juegos Olímpicos, lo mismo que Barcelona en 1992. Es el momento de este proyecto en Madrid, después de la crisis, cuando el país recupera ilusiones. Hay una convergencia de necesidades para que este proyecto salga adelante y un ambiente general optimista. Eso se percibe en las reuniones con los vecinos. La gente entiende la importancia del proyecto para Madrid, más que ninguno otro”.

¿Es el proyecto más importante de cuantos el estudio de Richard Rogers y Simon Smithson tienen en cartera? No lo duda: “En mi opinión lo es, resulta espectacular. Madrid es una gran ciudad con París y Londres pero la urbe tiene que seguir cambiando, creciendo, con ambición como ocurrió con iniciativas como Madrid-Río”.

Le sugiero que, sin embargo, hay una cierta fobia a la urbanización: “Si, así es, hay una resistencia a volver a la vida de las ciudades de antes de la crisis y algunos modelos de desarrollo de las ciudades no fueron los mejores –se refiere a los Programas de Actuación Urbanística (PAU) en España–, pero el proyecto de Castellana Norte es diferente porque supera las construcciones del pasado. Madrid podría ser como París y asumir así su condición, teniendo en cuenta que en la capital de España se da una mejor calidad de vida”. Subraya como importante que la operación norte de Madrid está en la vertical del Paseo de la Castellana que acoge instituciones políticas y culturales. Sería su prolongación.

El sueño es que la capital de Colombia tenga en su centro urbano el mejor espacio público del país

El tiempo se acaba, pero queda pendiente el leave británico de la Unión Europea. “Vamos a buscar un compromiso. Los británicos somos artistas en lograrlos. Y lo alcanzaremos con la UE. Europa es más importante que unos meros acuerdos comerciales, es un espacio de democracia, de libertad”.