El 23 de enero de este año, al poco de tomar posesión de su cargo, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, firmó una orden ejecutiva disponiendo la salida inmediata de su país del Tratado de Libre Comercio Transpacífico de Cooperación (TPP) y la renegociación del que EE. UU. mantenía con Canadá y México, conocido como NAFTA –por sus siglas en inglés– cuya vigencia comenzó en 1994. En el primer caso, el nuevo mandatario republicano abortaba en sus primeros pasos un acuerdo logrado por su predecesor Barack Obama con once países (Japón, Australia, Canadá, Malasia, México, Perú, Vietnam, Brunei, Chile, Nueva Zelanda y Singapur). La importancia de la decisión del presidente norteamericano fue enorme. El TPP abarcaba un mercado de 800 millones de personas y cerca del 40 % de la economía mundial. El porqué de la inmediata orden ejecutiva –una determinación ya anunciada en su campaña electoral– lo explicó Trump con frases terminantes: “Debemos proteger nuestras fronteras de los estragos de otros países que fabrican nuestros productos, roban nuestras empresas y destruyen nuestros puestos de trabajo”.

Algo similar, aunque más matizado, justificó el inicio de la renegociación del NAFTA que, no obstan-te, va a correr muy distinta suerte a la del Tratado de Libre Comercio Transpacífico de Cooperación. Efectivamente, justo cuando el pasado mes de abril Trump celebraba sus primeros cien días en la Casa Blanca (con el indicador de popularidad más bajo de las últimas décadas para un presidente recién investido) y después de haber calificado el acuerdo comercial con Canadá y México como “el peor de la historia”, el republicano rectificaba: “Yo iba a sacar a nuestro país del Tratado pero el presidente mexicano y el primer ministro canadiense me llamaron y accedí a negociar”. La corrección de Trump, inspirada por sus asesores económicos más realistas, tenía que ver con la caída libre del peso mexicano y el dólar canadiense sin beneficio para el norteamericano. Canadá y México son el segundo y tercer socio comercial de Estados Unidos y la turbulencia económica de la ruptura del NAFTA estaba siendo formidable.

China, un coloso que se ha resituado en el tablero internacional logrando que su “autoritarismo capitalista” se convierta en adalid del libre comercio en lo que representa un giro sarcástico de la coherencia ideológica mundial

Asimismo, la construcción del muro en la frontera entre Estados Unidos y México se demora, pese a las rotundas afirmaciones en sentido contrario de la Casa Blanca. Las autoridades mexicanas están oponiendo una dura resistencia a Trump, que no con-sigue la fórmula para que el país vecino cofinancie la barrera física entre ambos países, inicialmente articulada mediante un impuesto sobre las remesas remitidas por los mexicanos en Estados Unidos. No obstante, el presidente Peña Nieto ha tomado nota y ha ajustado con rigor la vigilancia fronteriza para evitar flujos migratorios masivos hacia el norte que irritaban profundamente a la administración estadounidense. Pero la sociedad mexicana está oponiendo una seria resistencia a las políticas de Trump. En ese sentido, es muy ilustrativo el análisis de Pamela K. Starr, directora del US-México Network, que ha advertido:

“México tiene una importancia para Estados Unidos que, salvo Canadá, ningún otro país tiene. Es indispensable en la gestión de los derechos de las aguas que comparten y en las políticas de medio ambiente, es relevante para los mercados de energía e imprescindible para la generación de millones de empleos para los estadounidenses. Pero sobre todo, México es importante para Estados Unidos por cuestiones de seguridad nacional: es un aliado esencial contra las amenazas externas de EE. UU. que puedan llegar por la frontera sur”.

Y, añadía Starr en su diagnóstico, que hay “tres factores que juegan a favor de México: su geografía, su democracia pluripartidista y su sentimiento nacional”. Son todas ellas puntualizaciones muy acertadas porque si Trump pensaba intimidar a los mexicanos, está obteniendo una respuesta discreta pero muy eficiente.

Las correcciones de las políticas proteccionistas del nuevo presidente de los Estados Unidos son simultáneas a las alteraciones de los planes de política internacional que se había trazado: ha intervenido militarmente en Siria, contrariando a su otrora amigo Vladimir Putin, ha tensado las relaciones con Corea del Norte y las ha distendido con China, un coloso que se ha resituado en el tablero internacional logrando que su “autoritarismo capitalista” se convierta en adalid del libre comercio en lo que representa un giro sarcástico de la coherencia ideo-lógica mundial. Como ha explicado Jacques Rogozinski, un respetado analista mexicano de El Financiero, los tratados de libre comercio, en general, necesitan algunas correcciones porque, ciertamente, procuran efectos indeseados, pero de ahí, a su cancelación, va un trecho insorteable. El economista mexicano constata que los llamados “perdedores de la globalización” han hecho estragos, electoral-mente hablando, tanto en los Estados Unidos como en el Reino Unido, alentando propósitos “nacionalistas y aislacionistas”. Rogozinski lista hasta veinte tratados de libre comercio que tiene signados Estados Unidos y que explicarían, al menos en parte, efectos indeseados de estos acuerdos en la primera economía del mundo.

El grave problema que plantean las políticas aislacionistas y proteccionistas en el ámbito económico y comercial es que resultan consecuencia de un populismo reactivo a los excesos de la globalización

Según este economista:

“Un estudio del Massachusetss Institute of Technology y otro del Economic Policy Institute detectan que desde que China fue aceptada en la Organización Mundial del Comercio se han eliminado alrededor de 2,4 millones de empleos en Estados Unidos y el déficit comercial con China creció de 80 mil millones a casi 370 mil millones de dólares”.

Pone también como ejemplo que: “En 2011 el déficit comercial de los Estados Unidos era de 13 mil millones de dólares, pero al año siguiente el Gobierno firmó con Corea un tratado de libre comercio que, para 2015, incrementó la brecha a 28 mil millones”. Y cuando se refiere al TLCAN, las cifras son igualmente expresivas: “Estados Unidos pasó de un superávit de 1.350 millones de dólares a un déficit de más de 58 mil millones en 2015… en cambio” –continúa el analista mexicano– “las empresas globales y deslocalizadas han obtenido utilidades récord, beneficiando a sus accionistas y a los habitantes donde generalmente domicilian sus cuentas corporativas”.

El grave problema que plantean las políticas aislacionistas y proteccionistas en el ámbito económico y comercial es que resultan consecuencia de un populismo reactivo a los excesos de la globalización, que ha creado en las sociedades desarrolladas una especie de proletariado por el efecto de la deslocalización industrial; la tramposa competitividad de los países desregulados, y con explotación laboral; y aquellos otros que manejan un abusivo dumping fiscal. A diferencia del populismo europeo –específicamente el francés y el nórdico– que se alimenta mucho más de percepciones xenófobas y de proteccionismo de la identidad cultural, el que se ha manifestado en los Estados Unidos incorpora otras variables más de carácter económico-social. El eslogan de Trump –“América primero”– introduce en la conciencia colectiva de los norteamericanos la idea de que la hegemonía imperial de su país les ha empobrecido. No es un discurso nuevo en EE. UU.: su aislacionismo ha sido una constante en la historia de los últimos dos siglos y quedó formulada para la politología en la denominada Doctrina Monroe, bajo el lema de “América para los americanos”. No estamos ante un comportamiento colectivo de la sociedad blanca, anglosajona y protestante (WASP) norteamericana absolutamente inédita. Sí lo es su radicalidad y, especialmente, el análisis confundido del populismo de Trump que no ha tenido en cuenta los profundos e irreversibles cambios que la globalización ha provocado y a los que hay que introducir contrapesos y rectificaciones, pero no combatirlos como fenómenos intrínsecamente perversos.

Parece imponerse una corrección del proteccionismo: Trump no logra articular sus medidas radicales en prácticamente ningún aspecto y la economía del país comienza a presentar serias disfunciones; Theresa May ha debido convocar elecciones para abordar la salida del Reino Unido de la Unión Europea mientras observa cómo se deterioran los datos macroeconómicos británicos

Las políticas de muros físicos –sean con México o, en otro extremo, entre Palestina e Israel– o comerciales, no funcionan. No solo deterioran la convivencia, sino que erosionan las economías de los que las protagonizan y las padecen. Estados Unidos y el Reino Unido de Gran Bretaña –el “trumpismo” y el Brexit– han adoptado decisiones colectivas a rebufo de discursos electorales cargados de emotividad y visceralidad. Cuando sus mentores llegan al poder, la realidad desmiente sus presupuestos teóricos. Parece imponerse una corrección del proteccionismo: Trump no logra articular sus medidas radicales en prácticamente ningún aspecto y la economía del país comienza a presentar serias disfunciones; Theresa May ha debido convocar elecciones para abordar la salida del Reino Unido de la Unión Europea mientras observa cómo se deterioran los datos macroeconómicos británicos. Seguramente el libre comercio debe imponer condiciones homogéneas de competitividad, regulaciones comunes y proscribir abusos, pero el populismo aislacionista no puede ir contra el signo de los tiempos.