El triunfo electoral de Trump el pasado 8 de noviembre despertó, contra todo pronóstico, grandes expectativas en el mundo económico y empresarial estadounidense, y fue celebrada por las Bolsas con grandes subidas.

En medio de un optimismo generalizado y de un clima muy favorable a las propuestas económicas del nuevo presidente, los inversores saludaron la “reflación” promovida por Trump como el inicio de una “nueva era” de prosperidad, similar a la que, a principios de los ochenta, trajeron las políticas de Reagan. En particular, el sector bancario fue uno de los mayores beneficiarios de esas subidas, favorecido por la expectativa de unos tipos de interés más altos y de un mayor dinamismo económico.

Pasados ya más de cien días desde que Trump tomó posesión, esa euforia inicial se ha desvanecido en gran medida al comprobarse, una vez más, que una cosa son las promesas electorales y otra llevarlas a la práctica. Sin embargo, el problema de las medidas económicas que forman el núcleo duro del programa de Trump, no es que no se vayan a cumplir, sino que de cumplirse, sus efectos sobre la economía podrían ser muy negativos, al no adecuarse al mundo global del siglo XXI. Por ello, lo mejor que podría suceder es que se vayan difuminando hasta caer en el más absoluto olvido.

Para ser justos, hay que decir que el lenguaje pro-business del nuevo presidente americano y sus iniciativas liberalizadoras, tendentes a eliminar la asfixiante burocracia y regulación que padecen hoy las empresas, son muy de agradecer. Debemos desear a Trump suerte en ese empeño, que topará con el muro de intereses creados por las numerosas agencias y organismos reguladores, y por los miles de funcionarios cuya única razón de ser no es la utilidad pública, sino la protección de sus propios intereses, paralizando la libre iniciativa con un formalismo inútil y en ocasiones rayando en lo ridículo.

No se trata de una reflación global, sino de una reflación estadounidense y solo estadounidense, es decir, proteccionista

Pero hecha esa salvedad, la realidad es que el conjunto de las propuestas económicas de Trump sencillamente no va en buena dirección. El eje de esas propuestas es la reflación fiscal, es decir, estimular el crecimiento económico a través de agresivas bajadas de impuestos y de programas de inversión en infraestructuras. Ahora bien, no se trata de una reflación global, sino de una reflación estadounidense y solo estadounidense, es decir, proteccionista.

Esto genera tres problemas. El primero es que echar más gasolina a una economía como la norteamericana que está en pleno empleo (4,5 % de tasa de paro) y cuyo nivel de utilización de la capacidad productiva es muy elevado, puede dar como resultado mucha más inflación que crecimiento, tensionando los tipos de interés al alza en mayor medida de la prevista. Tras ocho años de intervención monetaria masiva las economías avanzadas y los mercados de activos se han vuelto adictos al easy money y una subida de tipos más allá de cierto nivel que provocará, sin duda, turbulencias fuertes en los mercados con impacto en la economía real.

El segundo problema es el dólar. El programa de Trump, si se cumpliese, tiene un fortísimo impacto alcista sobre el dólar, en un mundo que está sobre endeudado en dólares. Hay ocho trillones y medio de deuda en dólares de no residentes en EE. UU., y una subida fuerte del dólar crearía problemas, no solo a la economía norteamericana, sino además a varias entidades bancarias, sobre todo asiáticas, y a algunas economías emergentes con elevados pasivos en dólares.

En tercer lugar está el problema de los emergentes. Trump ha planteado su reflación no solo al margen, sino incluso en contra de los emergentes. Su America first y su enfrentamiento con economías como China o México podían ser tal vez válidos en tiempos de Reagan, cuando el PIB de los países emergentes era menos del 40 % del PIB mundial y el de EE. UU. era el 25 %. Pero hoy, los emergentes representan más del 60 % de la economía global –y creciendo– mientras el PIB norteamericano apenas sobrepasa el 16 %. Hace dos o tres décadas se decía: “Si América va bien, el mundo va bien”, pero la realidad hoy es que si el mundo no va bien América no puede ir bien. Esa es la economía global del siglo XXI.

Por todo lo anterior, es muy dudoso que Trump vaya a cumplir su programa, pero es más dudoso aun que, si lo cumple, venga una época de prosperidad. Desde abril, las Bolsas americanas han moderado la euforia con la que recibieron a Trump y algunos indicadores, como los futuros del petróleo o los tipos de interés a largo plazo, no parecen anticipar un fuerte crecimiento económico. El llamado “Trump trade” ha perdido fuerza y en cierto modo hay una sensación de vuelta al mundo pre Trump. Un mundo de crecimiento económico positivo, pero bajo (el PIB norteamericano ha crecido tan solo el 0,7 % en el primer trimestre) en el que la inflación y los tipos de interés pueden repuntar algo, pero no demasiado.

Es muy dudoso que Trump vaya a cumplir su programa, pero es más dudoso aun que, si lo cumple, venga una época de prosperidad

En este nuevo escenario, las Bolsas europeas, que se habían quedado atrás, se están comportando mejor que las americanas al percibirse un mayor crecimiento en la zona euro y al haberse despejado la incertidumbre política en Francia. El temor a la deflación, que era el tema dominante a principios del pasado año, ha dado paso a una expectativa de crecimiento de la, hasta hace poco deprimida, economía de la zona euro.

Una vez más, como ya ha sucedido con frecuencia en los últimos años, la economía y los mercados financieros se enfrentan al dilema de si estamos a las puertas de una etapa de fuerte crecimiento (la famosa escape velocity) como anticipan las Bolsas, o si, por el contrario, tienen razón los mercados de bonos y de materias primas al descontar, como diría el Fondo Monetario Internacional, un crecimiento mediocre.

El tiempo dirá cuál de las dos visiones es la correcta, pero si miramos hacia atrás, la historia nos enseña que los mercados de bonos han sido, en general, mejores predictores que los de las acciones.