El orden global, creado y liderado por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial buscó, desde sus inicios, mantener la paz y la prosperidad por medio de la cooperación multilateral y la promoción de la libertad, tanto política como económica. La esencia del nuevo sistema era el comercio mundial. Se trataba de lograr el aumento de los flujos de bienes y servicios entre países mediante el descenso de las barreras fronterizas y la estabilidad de los tipos de cambio entre divisas. Para tal fin fueron creados el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial, y los acuerdos sobre reducción de aranceles que dieron lugar a la Organización Mundial del Comercio (OMC). El esquema planteado en Bretton Woods era acertado y, a pesar de las adaptaciones que ha necesitado, ha sido la plataforma desde la que gran parte de la humanidad ha logrado despegar y obtener elevadas cotas de crecimiento económico sostenido y una mayor seguridad.

Pero Estados Unidos tiene dos almas muy diferentes, que son producto de dos enfoques filosóficos muy distintos. La principal es heredera directa de la forma europea de ver el mundo y la existencia humana, inspiradora de la declaración de independencia en 1776, de los Padres Fundadores y la Constitución de 1787, de los catorce puntos de Woodrow Wilson en 1918, o del orden liberal ideado en 1945 y vigente hasta hoy. Pero la otra, ha permanecido latente desde la fundación de las primeras colonias, imponiendo su cosmovisión en el estallido imperial de finales del siglo XIX, durante el acorralamiento de las tribus indias, o en el trato dado a algunas minorías étnicas. Este segundo enfoque, llegó a América a bordo del Mayflower y, a pesar de incluir muchos valores constructivos que aún perduran en la sociedad estadounidense, aportó también el concepto puritano y calvinista de la predestinación, con todas las implicaciones que de él se derivan.

Pero Estados Unidos tiene dos almas muy diferentes, que son producto de dos enfoques filosóficos muy distintos

Este enfoque de los colonos de Nueva Inglaterra tiene su origen en el dualismo, y acaba separando conceptos de naturaleza interdependiente en las respuestas que ofrece sobre las cuestiones esenciales de la existencia humana. Los puritanos veían pues el mundo de una manera más simplista, donde la idea del mal pasó de ser mera ausencia de bien y estar presente en el mundo en distintos grados, a tener una entidad propia e identificarse con realidades como el cuerpo humano o el mundo material. Esta visión pesimista, de corte maniqueo, en cierto modo legitimaba que el grupo de los predestinados impusiera su poder de manera violenta en un mundo hostil y despiadado. Era pues, una visión más proclive al nacionalismo, al unilateralismo, y al mercantilismo; y ayuda a entender cómo es posible que la nación que promovió la Carta de San Francisco en 1945, haya podido también traicionar los principios en ella reflejados, incluso después de haberlos propuesto como proyecto mundial a través de la Organización de las Naciones Unidas.

Porque, tal y como se deriva del estudio de las relaciones comerciales entre Estados Unidos y muchas de las naciones a las que estos atacaron con su ejército, o con agentes de la CIA después de 1945, resulta indiscutible que el aumento drástico e inmediato de las exportaciones fue uno de los beneficios directos que cada intervención armada reportó a la superpotencia. Los casos de Guatemala en 1954, Chile en 1973, o Panamá en 1989, son tan solo algunos ejemplos en los que las élites norteamericanas se han dejado llevar por el alma puritana que puja por controlar la gran nación y traicionar sus ideas fundacionales.

 Parece que ha revisado la lista de naciones con las que Estados Unidos mantiene los mayores déficits comerciales y ha podido comprobar que tras China, Japón y Alemania, les sigue muy de cerca México

El actual presidente Trump, ha recibido desde la infancia una educación calvinista, que se refleja en su obsesión permanente por ganar a toda costa en todas las facetas de la vida. Y el comercio internacional es un área de máxima relevancia. El presente parece regresar a 1929 con Hoover, o más allá. Para Trump, una balanza comercial negativa con alguna nación representa simple y llanamente no ganar. En su visión darwinista y sombría del mundo, el comercio consiste en un juego de suma cero en el que si uno exporta más de lo que importa desde un determinado país, entonces gana y el otro pierde. Se resiste a entender la complejidad de la visión de conjunto del mercado global, o la diversidad de causas que provocan los déficits de Estados Unidos. Parece que ha revisado la lista de naciones con las que Estados Unidos mantiene los mayores déficits comerciales y ha podido comprobar que tras China, Japón y Alemania, les sigue muy de cerca México y que en la lista no hay otro país latinoamericano en un puesto destacado salvo Venezuela, que ocupa el duodécimo lugar. Esta es quizá la razón por la que Trump ha elegido a México como objeto de sus iras. Y dado que se encuentran tan cerca, obstruyendo su camino hacia el “destino manifiesto”, la mejor esperanza para México reside en que los asesores moderados de Washington, logren reconducir finalmente la postura del presidente. O, mejor aún, que Estados Unidos recupere su alma fundacional.