La misma idea de la posverdad quizás puede, a simple vista, resultar una moda efímera tras la elección por parte del Diccionario Oxford como la palabra más relevante de 2016. Sin embargo tras ese concepto se esconden cambios profundos que ponen en jaque la propia idea de sociedad, pues si la humanidad caminó durante siglos en busca de la “verdad”, ahora apunta a relativizarla.

Una de las transformaciones más importantes de la humanidad fue el paso de las religiones politeístas a las monoteístas. En la tradición greco-romana se adoraba un sinfín de dioses que protegían cada actividad humana. El surgimiento del cristianismo fue un organizador del sentido colectivo, generando referencias “verdaderas”, donde la Iglesia pasa a ser central en la regulación de la vida social e íntima de las personas, produciendo una relativa estabilidad en la generación de verdad. Sin embargo, a partir del siglo XVI se comenzará a generar una alternativa: Copérnico, Descartes y Darwin entre muchos otros producirán un nuevo régimen de verdad: la ciencia, desplazando a la creencia como explicación de los hechos naturales.

Las “revoluciones burguesas” llevan al fin de las monarquías absolutas, y al surgimiento de los estados nacionales, con la aparición de dos nuevas fuentes de “verdades”: la jurídica y la estadística. También florecen nuevos actores: la burocracia, el sistema político, la opinión pública, y el periodismo. La opinión pública será el espacio social de legitimación de la verdad socialmente aceptada.

Si la humanidad caminó durante siglos en busca de la “verdad”, ahora apunta a relativizarla

A partir de las últimas décadas del siglo XX se comienza a producir un cambio radical en las sociedades contemporáneas. La caída del Muro de Berlín y el bloque soviético marcan el fin de un mundo divido en dos bloques antagónicos. Luego, la revolución de las tecnologías info-comunicacionales basadas en Internet, aceleran los tiempos de un mundo que se globaliza a una velocidad sin precedentes. Los medios de comunicación se multiplican, tanto como los soportes que transportan un cúmulo información incesante y discordante.

Sin embargo, y como paradoja, lejos de conformarse nuevos valores globales, los sujetos viran hacia la individuación y la búsqueda de la realización personal. Uno de los virajes que marcan el terreno de este cambio es el pasaje de la religión a la espiritualidad. Mientras que las religiones solían sostener un cuerpo doctrinario rígido, las nuevas formas de espiritualidad son flexibles, fomentando el “vivir el presente”, movilizando sentimientos y emociones que instan a la “auto-realización”, a la satisfacción instantánea, al “verse bien” como paso imprescindible al “sentirse bien”.
La contrapartida de la individuación es la renuncia a sentirse parte de una comunidad, surgiendo una creciente apatía por la cosa pública. En cambio las personas tienden a involucrarse emocionalmente en redes sociales por afinidades que fortalecen sus puntos de vista, y tienden a romper o aminorar las relaciones con el mundo offline. La frágil pertenencia al entorno social lleva a los sujetos a tener un conocimiento superficial y fragmentario de lo que acontece allí, lo que lleva a que la gran herramienta de medición del siglo XX, la encuesta de opinión, encuentre datos contradictorios, con grandes variaciones en corto tiempo y finalmente “falle” en sus predicciones, precisamente porque ya resulta imposible pronosticar a futuro sobre los comportamientos de este nuevo sujeto que no se reconoce en la historia.

Como resultante se va constituyendo en las primeras décadas del siglo XXI un actor con un acceso potencial a toda la información disponible, consumista, disconforme y que desconfía de la política como herramienta de transformación, abandonando la idea de “cambiar al mundo”, pensamiento predominante en los años 60 y 70.

En esta nueva era se abandonan las verdades universales y se rechaza la idea de la objetividad, incluso sostenida por datos evidentes. Los sujetos se sienten capaces de construir sus propias verdades y creencias, –sus propios dioses a medida– en forma independiente de valores que en otros momentos parecían como inapelables. Las anteriores fórmulas para interpelar al cuerpo social con argumentos y lógicas discursivas caen en el vacío, –ya no significan nada– y son reemplazadas por frases cortas y efectivas e imágenes sugerentes como nuevas fórmulas que estimulan las cuerdas emocionales, y que apuntan al miedo y a la ironía.

En esta nueva era se abandonan las verdades universales y se rechaza la idea de la objetividad, incluso sostenida por datos evidentes

Los críticos de la posverdad plantean que este estado de cosas facilita la manipulación y el engaño de una masa proclive a creer en noticias falsas (fake news), a considerar rumores infundados como reales, y apoyar posturas extremas con facilidad –como neo nacionalismos o fundamentalismos religiosos–, sin analizar las consecuencias a largo plazo, término prácticamente eliminado en la cultura actual, sin embargo, la propia dinámica social de un mundo incierto, prepara el terreno para un futuro hoy inimaginable.