Por si no tuviera el ejercicio del periodismo suficientes amenazas a las que enfrentarse, en un momento en que empieza a caminar por una senda poco conocida, la que marcan las nuevas tecnologías en constante cambio en un mundo globalizado, también en la comunicación y cuyos límites, si es que existen, estarían aún por descubrir, la información se enfrenta ahora a un fenómeno creciente que ha sido piadosamente nombrado con un evidente eufemismo: la posverdad.

Estamos hablando de la mentira por más que elijamos términos anglosajones para describir lo que en castellano tiene multitud de equivalentes precisos que se resumen en la palabra apuntada al comienzo de esta frase.

La multiplicación de noticias falsas es un hecho que amenaza muy seriamente la salud de los sistemas democráticos tal y como los hemos conocido hasta hoy, y frente al que los profesionales honestos de la información se sienten impotentes, y en realidad lo son. Porque la verdad incontestable es que los medios de comunicación tradicionales han perdido crédito para la mayor parte de la población, que ha sustituido la confianza que antes depositaba en esos medios por una fe, casi infinita, en la información que le llega a través de las redes sociales.

La exposición a ideas contrarias a su propia posición sobre cualquier asunto considerado de interés general, no existe porque, o esas ideas no aparecen en su burbuja, o lo hacen para ser desacreditadas

Y es explicable esta inclinación entusiasta y entregada del ciudadano hacia la nueva manera de comunicarse y de recibir información porque prescinde de los intermediarios, que eran hasta ahora los periódicos o las televisiones, y lo entronizan a él como dueño y también autor de su propio ámbito informativo.

Pero precisamente ahí está el problema, en que los servidores como Facebook envían a cada uno aquella información que responde a sus necesidades y a su interés, de manera que el sujeto vive definitivamente inmerso en una campana, o una burbuja de la que no necesita, y en realidad no puede, salir. En ese ámbito todos los datos y las comunicaciones que recibe están destinados a reforzar sus aficiones, sus intereses y sus opiniones. La exposición a ideas contrarias a su propia posición sobre cualquier asunto considerado de interés general, no existe porque, o esas ideas no aparecen en su burbuja, o lo hacen para ser desacreditadas.

Los ciudadanos pasan a formar parte, así, de grupos compactos e impermeables.

Esto en sí es grave en la medida en que se produce una atomización de infinitas burbujas autorreferenciales, monolíticas y en las que no tienen cabida las opiniones divergentes.

La actividad de los periodistas dedicados a la verificación de hechos se circunscribe, todavía, a un consumo muy reducido, fundamentalmente de las élites, y no del gran público

En ese mundo atomizado que se hace fuerte sobre sí mismo anida, por el contrario, una inmensa debilidad porque es el perfecto caldo de cultivo para la difusión de las noticias falsas –lo que ahora se llama posverdad–, que no tienen necesidad de confrontarse con una realidad que desmontaría su mentira porque el receptor de la falsedad la asume como cierta en la medida en la que refuerza sus opiniones o sus convicciones, y la reenvía a aquellos con los que comparte su particular burbuja. Eso significa que son miles de millones las noticias falsas circulando por el mundo a velocidad formidable, a caballo de las redes sociales, sin que sea posible desmontar con una mínima eficacia las supercherías. Y aunque el fenómeno tiene tantos años como el desarrollo de las plataformas digitales, ha sido, recientemente con el desarrollo de la campaña presidencial en EE. UU. y la victoria de Donald Trump, cuando el problema ha pasado a primera fila de la conciencia de una parte de la opinión pública occidental.

Es verdad que se han desarrollado con éxito, en los últimos años, proyectos de verificación de hechos, lo que en el mundo anglosajón recibe el nombre de fact-checking, pero mientras ese esfuerzo no sea incorporado por las grandes compañías como Google o Facebook, la batalla contra la viralización de las mentiras o de las medias verdades no producirá efectos sociales con una mínima relevancia. Y eso es así porque la actividad de los periodistas dedicados a la verificación de hechos se circunscribe, todavía, a un consumo muy reducido, fundamentalmente de las élites, y no del gran público.
Mientras no haya una implicación masiva de lucha contra la manipulación interesada de las poblaciones, a base de presentar como ciertas informaciones falsas que tienen en su mayor parte el objetivo de dirigir a la ciudadanía hacia una dirección o unas posiciones determinadas, el periodismo estará muy seriamente amenazado y, en la medida en que lo esté el periodismo, lo estará también la salud de las democracias occidentales. Es decir, el mundo libre.