Desde agosto de 2016, antes de que arrancasen los debates presidenciales en la campaña estadounidense, hasta la víspera de la jornada electoral, las plataformas de verificación –en ejercicio de lo que se denomina fact-checking– contabilizaron hasta 217 falsedades en los discursos e intervenciones de los candidatos, el 79 % atribuibles a Donald Trump y el 21 % a Hillary Clinton. La Unidad de Datos de Univisión Noticias, en Miami, determinó que una semana antes de la elección presidencial por cada mentira de la candidata demócrata, el republicano esparció cuatro. Estos datos los aporta de manera sistemática y completa el periodista Borja Echevarría en el último número (enero 2017) de Cuadernos de Periodistas. Este profesional es ahora el director editorial de Univisión Noticias Digital con base en el estado de Florida, y se ha convertido en una referencia en el mundo de la comunicación y el periodismo al propugnar una, relativamente, nueva actividad para combatir las fake-news, las verdades alternativas y los bulos, todos esos conceptos que se refugian en el paraguas semántico de la posverdad: el fact-checking, que sería el antídoto contra la palabra –mejor sería calificarla de concepto– que el Diccionario Oxford ha considerado como la expresión más novedosa y más manejada durante el pasado año.

La posverdad no es sinónimo de mentira sino que “describe una situación en la cual, a la hora de crear y modelar la opinión pública, los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales”. La posverdad consiste en la relativización de la veracidad, en la banalización de la objetividad de los datos y en la supremacía del discurso emotivo. Tampoco es un fenómeno nuevo. Ralph Keyes ya escribió en 2004 el libro Dishonesty and Deception in Contemparary Life y, como relata Luis Meyer en la revista Ethic de febrero de este año (No lo llames posverdad, llámalo posperiodismo). Su colega Eric Alterman lo definió definitivamente como “arma política de desinformación”. El mismo autor cita a Noam Chomsky que, eludiendo la palabra posverdad, elaboró una célebre lista: 10 Estrategias de Manipulación entre las que incluye las técnicas para ablandar emotivamente los mensajes con la finalidad de cortocircuitar el sentido crítico y analítico de los ciudadanos.

La confusión sobre la realidad, la gestión de maniobras conspiratorias para excitar el recelo o la hostilidad de grupos sociales, el victimismo o la mitomanía políticas, son instrumentos de persuasión de las masas que se remontan a la antigüedad, pero que en el siglo XX causaron los peores desastres, siendo dos de ellos auténticas fallas en la historia de la humanidad: el nazismo y el estalinismo.

La Unidad de Datos de Univisión Noticias, en Miami, determinó que una semana antes de la elección presidencial por cada mentira de la candidata demócrata, el republicano esparció cuatro

Los Protocolos de los Sabios de Sión, una fabulación contra el judaísmo redactado durante la última época de la Rusia zarista, resultó una de las palancas más falsarías empleadas por Hitler para introducir, en el período de entreguerras, el antisemitismo en Alemania y en otros países europeos. Aún lo estamos pagando. En realidad, todos los movimientos políticos que refutan a las clases dirigentes convencionales en las democracias liberales y representativas echan mano de los elementos más sentimentales que racionales y no sólo se aprovechan del malestar, sino que coadyuvan decisivamente a crearlo y a magnificarlo. El populismo de ahora, y de siempre, ha manejado más las persuasiones emotivas que los criterios de racionalidad y veracidad. El rigor y el populismo son conceptos contradictorios.

Ha acontecido, sin embargo, una alineación de circunstancias que ha generado una casi convulsa preocupación: la verdad no tiene éxito y las descripciones que no se ajustan a ella –ni siquiera se aproximan– sí lo logran y, además, resultan impunes. Como afirma el escritor Adolfo Muñoz (El País de 2 de febrero de 2017) “el bulo político triunfa porque tiene las cualidades necesarias para triunfar, convirtiéndose en lo que Richard Dawkins llamó meme”. El meme es una unidad de conocimiento viral en la ideación de este autor que se difunde al margen de sus atributos de veracidad. Vivimos en el universo de los memes y carecemos de criterios para discriminar lo auténtico de lo falso, lo seguro de lo probable, lo cierto de lo dudoso. Y nos hacemos preguntas cada vez más angustiosas: ¿es el Photoshop, por ejemplo, una técnica de la posverdad?, ¿es la descontextualización un recurso falsificador?, ¿podría el insulto ser considerado una mera descripción?, ¿son los efectos especiales en el cine, por ejemplo, o las experiencias de realidades virtuales un atentado a la integridad de la verdad tal y como la hemos venido entendiendo hasta ahora?

La posverdad consiste en la relativización de la veracidad, en la banalización de la objetividad de los datos y en la supremacía del discurso emotivo

Son preguntas que vienen a cuento. Porque las modas populistas requieren que el poder se obtenga como un fin en sí mismo, sin importar los métodos. Los británicos han salido de la Unión Europea creyendo –o aceptando como buenas– afirmaciones falsas o meramente probables, y los norteamericanos han dado crédito a las más burdas falsedades porque con ellas –esta tesis es también del citado Luis Meyer– han contestado al poder de las clases dirigentes, tumbándolas. Ciertamente, en la política la mentira o la media verdad siempre han sido recursos manejados con desenvoltura, pero, ahora, la respuesta al status quo político y económico ha introducido elementos sentimentales, emotivos, en sus mensajes falsos dotándolos de una fuerza arrasadora. El maestro en estas nuevas técnicas es el norteamericano Steve Bannon, director en su momento del portal de noticias Breibart News, portavoz de los extremistas de All-Right. Bannon es el inspirador de la ruptura del paradigma convencional que regía en la política norteamericana –en la occidental– y ha ido construyendo una enorme burbuja de tensión y hostilidad creando la energía que necesita un político como Trump para resultar del todo imprevisible y voltear la cultura pública de los sistemas políticos de las democracias más desarrolladas.

La posverdad no es sólo una práctica que se desenvuelve en el terreno de la política. Lo hace también de forma peligrosa y arbitraria en la publicidad y en el ámbito empresarial. La comunicación de las grandes compañías –especialmente de los sectores estratégicos como el energético y el financiero– debe revisar sus protocolos de actuación: su comunicación no consistirá sólo –ni quizás principalmente– en transmitir conocimientos, sino en deshacer bulos, versiones alternativas, rumores y, en ocasiones, abiertas falsedades. La política y la empresa han perdido –en realidad, lo ha perdido la sociedad entera– un mecanismo de defensa frente a la posverdad: la intermediación periodística. Pocas reflexiones más atinadas al respecto que la elaborada por Katharine Viner, publicada en The Guardian el 12 de julio de 2016, bajo el título “¿Qué es la verdad? Reflexiones sobre el estado del periodismo actual”. Sostiene esta ensayista que el tránsito del papel a los medios digitales nunca ha sido sólo una cuestión tecnológica. Cierto: ha sido una cuestión esencialmente de pérdida de deontología profesional, de desistimiento en el relato de la verdad, de aceptación del bulo y del rumor en el circuito informativo. La tecnología, con el arrasamiento de la intermediación periodística, ha desmoralizado el relato periodístico y ha difuminado los atributos que le aseguraban un rol social de control y fielato de la verdad.

La posverdad no es sólo una práctica que se desenvuelve en el terreno de la política. Lo hace también de forma peligrosa y arbitraria en la publicidad y en el ámbito empresarial

La nueva comunicación y el nuevo periodismo va a centrarse de ahora en adelante, no tanto en contar –eso ya lo hacen los ciudadanos por su cuenta a través de la larguísima mano de la tecnología digital a su disposición– como en verificar, en realizar el fact-checking de manera sistemática, mediante plataformas de las que ya existen muchas (decenas en Estados Unidos). Recuerda Borja Echevarría que una de las últimas encuestas de Gallup arroja una cifra sobrecogedora para los mass media: sólo el 32 % de los encuestados mantienen su confianza en ellos. La única manera de idear el periodismo y la comunicación corporativa futuros consiste en el chequeo de los datos, de las tesis de los discursos y en la proactividad informativa para detectar en ellos las falsedades y destruirlas y desproveerlas de cualquier reputación. O sea, el periodismo, por una parte, y la comunicación deontológica, por otra, deben regresar a rescatar el relato veraz, contener el sentimentalismo, apaciguar y moldear los peores instintos y proclamar la superioridad de la inteligencia sobre la visceralidad. Ese es el fact-checking.