Donald Trump lleva toda su vida faltándole al respeto a la verdad. Le ha funcionado muy bien en los negocios, en los reality shows y en la política. Y aunque el tamaño y descaro de sus falsedades le convierten en el epicentro del terremoto mundial de la posverdad, es indiscutible que la mentira es una vieja herramienta política en todas partes. La gran novedad es su nivel de aceptación entre un sector del electorado de Estados Unidos, impensable hasta ahora en un país que nunca había perdonado la mendacidad, como demostraron Watergate y tantos otros casos emblemáticos del puritanismo idiosincrático norteamericano.

La política del espectáculo y la levedad se ha apoderado de Washington

¿Cómo se puede explicar entonces el “fenómeno Trump”, el cambio de paradigma que supone en nuestra sociedad, y sus posibles consecuencias disruptivas? Se requerirían tomos para poder responder a la complejidad de la situación, pero en síntesis lo que ha ocurrido es que la política del espectáculo y la levedad se ha apoderado de Washington. Avalada por 62,9 millones de votantes trumpistas, alérgicos a la “funesta manía de pensar”, que tristemente evoca el desprecio a las clases pensantes, los egg-heads, de la era maccarthista.

Cierto que el anti-intelectualismo siempre ha sido una fuerza latente en EE. UU., que asoma esporádicamente, pero nunca había arrasado con la virulencia que lo ha hecho en la elección presidencial de 2016. En esta ocasión, además robustecido por la ola dominante de emocionalidad política, que antepone las creencias personales a los hechos objetivos. A la verdad. De gentes que votan con las vísceras y dan la bienvenida a todo lo que confirme sus prejuicios, aunque les llegue en forma de noticias escandalosamente falsas, divulgadas por decenas de sitios online como National Report, Liberty Writers News, Breitbart, Empire News, InfoWars o Civic Tribune. Y luego repetidas por un ejército de activistas de la Alt-right (nacionalismo blanco), y por el propio presidente Trump y su entorno de asesores.

Pero antes de nada, es importante poner las cifras en contexto: la población general de EE. UU. es, oficialmente, de 325 millones –incluidos residentes legales no nacionalizados–; 231,6 millones tienen capacidad de voto, de los cuales sólo decidieron ejercer su derecho 138,8 millones; y 92,7 millones optaron por quedarse en su casa. En otras palabras, Trump resultó elegido sólo con el 27 % de la población votante y un 19 % de la población general.

Las cifras explican la perplejidad que vivimos, en EE. UU. la abrumadora mayoría de los ciudadanos. La sensación de ser personajes del 1984 de Orwell –el libro más vendido aquí este año–, cautivos además de lo que el historiador Fritz Stern denominó “la irracionalidad popular”, que hace a las masas someterse al “misterioso carisma de los dictadores”. Trump no parece ser, de momento, un dictador pero su demagogia populista tiene cada vez más tintes autocráticos.

Treinta y tres años después de ésa sociedad distópica que imaginó Orwell, la Casa Blanca ha creado su particular Ministerio de la Verdad desde el que nuestros Winstons –como el personaje de 1984– intentan inocularnos mentiras enormes que la ministra de propaganda, Kellyanne “Winston” Conway, los llama impunemente “hechos alternativos”. Como cuando aseguraron que millones de personas habían acudido a la toma de posesión de Trump, aparentemente fantasmas porque nadie los vio; o los cinco millones –también espectrales– que según el propio presidente votaron fraudulentamente a favor de Hillary Clinton. Sin olvidar los whoppers que el ególatra Trump nos pretendió hacer creer, que Obama había “nacido en Kenia”, o que el ex presidente, junto a Hillary, eran nada menos que los “fundadores del Estado Islámico”.

Y así, un ejemplo tras otro (132 falsedades de Trump solo en su primer mes, según The Washington Post), esta presidencia orwelliana está revelando una inquietante estrategia: sustituir la realidad objetiva por una alternativa, silenciar a los principales medios de comunicación y purgar toda disidencia. Una fórmula perfecta de manipulación de la opinión pública, para los tiempos de posverdad que corren. Al menos eso pretenden.

Sólo el tiempo desvelará quién es el verdadero enemigo del pueblo,
si la prensa o Trump

Pero entre todas las invectivas ninguna supera a la guerra a muerte contra los principales medios de comunicación, ya oficialmente considerados por la Casa Blanca como “la oposición”. Hasta el extremo de que en uno de sus desvelos a las 4.32 de la madrugada, Trump ha declarado a la prensa “La enemiga del pueblo” a través de Twitter.

En el diccionario trumpista “enemigos” son los periodistas que cometen la osadía de decir verdades, de investigar los hechos, de vigilar los abusos de poder y destapar la corrupción. Por eso, urge erosionar su credibilidad. Hasta que llegue un momento en que una gran mayoría de la sociedad crea solo al presidente y a sus medios serviles.

Ahora que se cumple justamente un siglo de que Lenin publicara en Pravda el ensayo titulado “El enemigo del pueblo”, no deja de ser una gran ironía histórica que un presidente de EE. UU. utilice idéntica retórica contra una de las instituciones que juegan un papel crucial en la democracia más antigua del mundo.

Sólo el tiempo desvelará quién es el verdadero enemigo del pueblo, si la prensa o Trump.