Nunca antes los seres humanos han tenido tanta información, a tan fácil alcance, ni las sociedades han estado tan interconectadas. Todo esto ha ocurrido a una velocidad en la que las generaciones actuales de edad media –40/50 años– han sido testigos de la más grande revolución tecnológica de la humanidad. Se dice rápido, pero la reflexión sobre ello es limitada.

El mundo está ante una capacidad de aprovechamiento práctico del conocimiento científico impensada hace un par de décadas. La imaginación ha sido la chispa que enciende el motor de realizaciones transformadoras.

Sin análisis y reflexión, los más grandes avances se pueden convertir en enormes desastres. Una de las expresiones más elevadas de la utilización de la imaginación como fuente de innovación y creatividad, en el siglo XX, fue Walt Disney: “Si puedes soñarlo, puedes hacerlo”. En su mundo mágico hay una atracción, de las más antiguas y continúa abierta: “Carousel of Progress” que, según dicen los biógrafos de Walt Disney, era su favorita.

La polarización y la incapacidad de escuchar la opinión del otro, llevan a un estadio en el que la opinión pública no se forma, sino se deforma

En este carrusel se representa la vida de una familia estadounidense a lo largo del siglo XX y cómo los cambios tecnológicos han transmutado la convivencia familiar, para llegar a la actualidad y dejar a la audiencia ante la duda de si los maravillosos avances y la automatización de la vida son realmente provechosos o un desastre. Cada cual se forma su propia opinión a la salida.

Ante el mismo dilema estamos en los tiempos del Internet, redes sociales, información en tiempo real y dispositivos que nos permiten –u obligan– a estar conectados permanentemente, con la diferencia de que no hay una estación en la que nos podamos bajar de este mundo que, además de dinámico, es invasivo.

Si como individuos tenemos poco espacio para discernir o meditar sobre lo influyentes que son estas nuevas realidades en nuestras vidas, como sociedades mucho menos. Qué difícil es, como colectividad, reflexionar sobre lo que racionalmente tiene sentido frente a los componentes emotivos en los que una imagen o un meme, ya no solo valen más que mil palabras, sino que hacen imposible que se produzcan razonamientos o se lleguen a leer, antes de que una “opinión general” esté formada.

En 2016, durante el plebiscito que consultó al pueblo colombiano los acuerdos de paz, una de las conclusiones a las que arribé fue que Colombia no tuvo un debate real, a pesar de los múltiples e interesantes argumentos de cada sector. Cuando acudí a observar la consulta popular quedé bajo la impresión, de manera figurada, de que los del SÍ estaban en AM, los del NO en FM y no se encontraban en un terreno común para una discusión fructífera.

Colombia o Brexit son solo ejemplos del contrasentido de sociedades hiperconectadas y con amplia interacción comunicacional, pero que, al mismo tiempo, la polarización y la incapacidad de escuchar la opinión del otro, llevan a un estadio en el que la opinión pública no se forma, sino se deforma.

En medio de este tipo de escenarios impactan las famosas fake news. En otros tiempos, tal vez, las llamaríamos rumores, sátiras o hasta propaganda. Lo que sí tienen es un fuerte impacto, principalmente por la masiva divulgación y por encontrar audiencias fértiles que las aceptan sin contrastar. La fuerza del rumor o bulo estaba en la credibilidad de quien lo propalaba. Hoy, esa fuerza está en lo fácil y masivamente que se distribuyen y en el deseo de quienes los reciben de creerlos. Tanto así, que el reconocido creador de noticias falsas, Paul Horner, dijo: “Creo que Donald Trump está en la Casa Blanca por mi culpa” y, en Estados Unidos, no pocos analistas le dan un valor determinante en la pasada contienda electoral.

Vale traer a cuento que la mayoría de las noticias falsas no tienen una génesis ideológica, política o proselitista. Después, su distribución es otra cosa, pero su origen es mayoritariamente crematístico. La reveladora investigación del periodista Samanth Subramanian dejó al descubierto el caso del chico en Veles, ciudad en Macedonia, que con dos sitios web pro-Trump llegó a cobrar 4 mil dólares mensuales con publicidad en línea, tipo AdSense de Google. The Guardian reveló que en Veles, de 55 mil habitantes, se llegaron a registrar más de 100 sitios web pro-Trump, con contenidos sensacionalistas. Cuando Subramanian entrevistó al chico macedonio detectó que no tenía ningún interés en si Donald Trump ganaba o perdía, todo lo que quería era ganar dinero.

Se requiere que sigan existiendo medios de comunicación comprometidos con el papel responsable que les corresponde desempeñar en las sociedades democráticas

Ante esta situación, se requiere que sigan existiendo medios de comunicación comprometidos con el papel responsable que les corresponde desempeñar en las sociedades democráticas para que el ciudadano pueda contrastar la veracidad de la información y encontrar espacios de expresión. También, es cierto que los medios requieren autocrítica y elevar los códigos que aseguren la confianza y credibilidad de sus audiencias.

La realidad es compleja y apabullante. Los avances tecnológicos puestos al servicio de la humanidad exigen reflexión. Si a esa realidad le agregamos, ahora sí, los intereses que se benefician con la mentira, manipulación, demagogia y populismo, al ciudadano le quedan pocas herramientas para defenderse y proteger la democracia. La principal, como en otras ocasiones en la historia, es la libertad asociada al ejercicio de un periodismo libre e independiente. Si se preserva esta libertad, las demás estarán salvaguardadas.