En 2016, “post-truth” fue nombrada palabra del año según el Diccionario de Oxford. Este hecho no debe sorprender a muchos, siendo el 2016 un año lleno de polémicas sorpresas y eventos inesperados. El panorama político y social de los próximos meses vendrá marcado por esta coyuntura de la posverdad en la que lo objetivo y lo racional pierde peso frente a lo emocional o a la voluntad de sostener creencias a pesar de que los hechos demuestren lo contrario.

En Europa, varapalos que pocos vaticinaban como la decisión de abandonar la Unión Europea por parte de los ciudadanos británicos, o la negativa italiana al referéndum para la reforma constitucional propuesto por Matteo Renzi. Y por qué no mencionar, también, el constante crecimiento en las encuestas de partidos políticos como Frente Nacional en Francia, liderado por Marine Le Pen, o el Partido de la Libertad (PVV) en Holanda liderado por Geert Wilders.

Al otro lado del océano, el discurso fake de la política populista, o sorpresas como el rechazo colombiano en el referéndum sobre el acuerdo de paz con las FARC, o la controvertida victoria de Trump en las elecciones estadounidenses.

Surgen nuevas formas de relación con la opinión pública y se consolidan los medios alternativos

Todos estos hitos tienen un denominador común: las creencias personales, irrefutables para muchos, han ganado fuerza frente a la lógica y a los hechos, y han acabado asentándose como asunciones compartidas por la sociedad, provocando el desconcierto de la opinión pública.

En este entorno, surgen nuevas formas de relación con la opinión pública y se consolidan los medios alternativos. Las formas tradicionales de periodismo pierden peso frente al auge de nuevos canales de comunicación como los blog personales, Youtube, los canales de mensajería instantánea como Whatsapp, Telegram y Facebook Chat, o las redes sociales como Snapchat o Twitter. Un mero tuit puede movilizar a masas y provocar resultados impensables hace unos pocos años.

La divulgación de noticias falsas desemboca en una banalización de la mentira y, por ende, en la relativización de la verdad. El valor o la credibilidad de los medios de comunicación queda mermado frente a las opiniones personales. Los hechos pasan a un segundo plano, mientras el “cómo” se cuenta la historia retoma importancia y le gana al “qué”. No se trata entonces de saber lo que ha ocurrido, se trata de escuchar, ver, leer, la versión de los hechos que concuerde más con las ideologías de cada uno.

En este número de UNO abordamos este escenario incierto y cuál debe ser el papel de los medios de comunicación para conectar con las audiencias.