Hablar de posverdad está de moda. Como todo lo que llega a estarlo, sin embargo, la posverdad no es más que una reelaboración de algo que ya existía. Es un odre nuevo, que acaso quiere parecer contemporáneo –“posmoderno”–, para un vino tan viejo como la opinión pública. Uno de esos términos que los especialistas de tal o cual espacio del saber humano se inventan para hacer sonar más esotérica su jerga y, por consiguiente, más exclusivo su conocimiento. “Espíritus que enturbian el agua para que parezca más profunda”, como los llamaba Nietzsche.

El Diccionario de Oxford consagró el término posverdad como la palabra del año del 2016, afirmando que se usa para referirse a “las circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Pues bien, siguiendo a esta prestigiosa institución, resulta bien difícil pensar que con esta palabra los estudiosos de la política han descubierto un nuevo planeta dentro de su galaxia. No es por gusto que ahí donde nació la democracia y, por lo tanto, la relevancia de lo que pudiese pensar el público (por muy restringidamente que este se entendiera), quienes se dedicaban a enseñar el arte de hablar en las plazas –los sofistas– llegaron a ser también conocidos como “embaucadores”.

Decir, como lo decía hace poco un sesudo artículo de The Economist, que la diferencia entre la política de la posverdad y la de la simple mentira es que en la segunda “la verdad no es falsificada o discutida, sino de secundaria importancia”, porque de lo que se trata con ella es de “reforzar prejuicios”, da una impresión de distinción sofisticada pero no es en realidad más que palabreo sin fondo. No ha habido populista en la historia de la humanidad –y, nuevamente, populistas registrados los hay desde Grecia– para el que la verdad no sea “de secundaria importancia” y “reforzar prejuicios”, la base del éxito.

El componente emocional, por otra parte, tampoco es nada nuevo: para “reforzar prejuicios” pocas cosas han sido más eficientes y practicadas que manipular emociones

El componente emocional, por otra parte, tampoco es nada nuevo: para “reforzar prejuicios” pocas cosas han sido más eficientes y practicadas que manipular emociones.

Creo, pues, que Alex Grijelmo está en la dirección correcta cuando escribe que “podemos preguntarnos sobre todo si posverdad no formará parte de lo que la propia palabra denuncia, si no estará desplazando a vocablos más indignantes, como ‘mentira’, ‘ estafa’, ‘bulo’, ‘falsedad’. A lo que me atrevería a agregar que no sólo podemos preguntárnoslo, sino que también podemos respondérnoslo.

Dicho eso, sí pienso que nuestra época tiene una peculiaridad que ha hecho que los populistas y las mentiras de siempre posean hoy una potencia de fuego mayor a las de otros tiempos. Las redes sociales han dado un megáfono y una audiencia en el debate público a millones de personas que antes podían participar del mismo sólo dentro de los alcances limitados de sus casas, trabajos y barrios. Personas que hoy pueden ponerse en contacto en tiempo real con todos los que piensan –o no piensan– de la misma forma que ellos, y crear una verdadera “tendencia” de opinión que cambie el rumbo del debate público.

Sea como fuere, una cosa es clara frente al artificioso concepto de posverdad: como todas las modas, pasará

Desde la perspectiva más pesimista, podría decirse con Umberto Eco que la web y las redes sociales le han dado “derecho de hablar a legiones de idiotas” donde antes no tenían voz. No obstante, autorizado como es, este punto de vista no deja de ser eminentemente elitista. Después de todo, la sofisticación intelectual no va siempre de la mano de la sabiduría, y viceversa. Puede que sean más susceptibles en términos generales a los “argumentos” emocionales, pero las grandes masas no tienen, ni de lejos, el monopolio de los prejuicios, en la misma forma en que las élites carecen, por mucho, del de la lucidez. Algo significa que demorase muy poco que las declaraciones del profesor Eco se volvieran virales en las mismas redes sociales a las que se referían.

Sea como fuere, una cosa es clara frente al artificioso concepto de posverdad: como todas las modas, pasará. Y cuando se haya ido volveremos a hablar todos de la mentira en el espacio público. No habremos avanzado mucho en el intermedio, pero al menos habremos librado al tema de la capa de misterio con la que este pretencioso término lo ha cubierto y Nietzsche, en algún lugar, podrá sonreír aliviado.