Una vez se reunieron seis sabios hindúes curiosos por saber cómo era un elefante. Sufriendo ceguera, decidieron salir en busca de dicho paquidermo para poder despejar sus dudas. Tras un largo camino, encontraron un enorme y manso elefante. Cada uno de los sabios se acercó al animal dispuesto a tocarlo. El primero acarició su trompa, que pronto comparó con una serpiente. El segundo, tocó sus colmillos que le hicieron pensar en una lanza. El tercero, posó la mano en la peluda cola diciendo que se trataba de una escoba. Así hasta seis descripciones distintas del mismo animal se dieron esa tarde. Todos creían conocer el verdadero aspecto del elefante sin ponerse de acuerdo. Al intercambiar posiciones, se dieron cuenta que existía más de una verdad para poder realmente ver al animal.

El propósito de esta breve historia consiste en ilustrar y recordar que la noción de la verdad y su búsqueda son tareas complejas y existenciales del ser humano. En efecto, la verdad requiere analizar hechos objetivos, argumentar la evidencia, unas exigencias que le dan un gran valor que los profesionales de cualquier ámbito deben saber conservar.

En los últimos meses, numerosos medios de comunicación debaten sobre la creciente devaluación de la verdad refiriéndose a narrativas en boca de políticos, influencers y medios de comunicación que apelan al sensacionalismo y la conveniencia en la selección de información. Este fenómeno bautizado como posverdad ha sido definido por el Diccionario Oxford como una circunstancia en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales y galardonado con el premio palabra del año 2016. Ligado a él han irrumpido en las últimas semanas conceptos como los “hechos alternativos” y las “noticias ficticias”.

Aprovechar la oportunidad que nos brinda la digitalización para canalizar nuestra inteligencia colectiva y así evitar la deriva hacia la estupidez colectiva

Cabe recordar que la banalización de la mentira no es nada nuevo del siglo XXI. Sin embargo, sí que lo es el profundo arraigo de la posverdad en la sociedad de la información y su efervescencia en un contexto de desafección política y desilusión ante una globalización, en algunos casos, descarrilada.

Hoy en día, la accesibilidad a contenidos informativos, así como su inmediatez y volumen, no tiene precedente. El impacto de la digitalización en el mundo de las comunicaciones ha significado una revolución en la forma en la que las personas producen información. Un notable ejemplo de esta democratización mediática es el periodismo ciudadano. Asimismo, ha cambiado cómo la consumen y digieren. Según un estudio de 2016 del PEW Research Center, el 62 % de la población americana utilizaría redes sociales para estar conectado con la actualidad. La paradoja es que pese al flujo incesante de noticias podemos llegar a estar más desinformados que antes.

En septiembre pasado, The Economist dedicaba su cobertura “Art of the Lie” a la posverdad. Entre las páginas de este número cabe resaltar una gráfica1 mostrando que contenidos en Facebook con información falsa se compartían el mismo número de veces que aquellos con información veraz. Este fenómeno se vuelve aún más alarmante cuando consideramos la influencia de los algoritmos y las presiones financieras. Los algoritmos generan ecosistemas virtuales que reflejan opiniones afines, en muchos casos generando que la gente se crea su propia verdad. Mientras, los campeonatos para lograr el primer puesto en los motores de búsqueda premian la cantidad de likes. Como señala Katherine Viner, redactora jefe de The Guardian, en su artículo “How technology disrupted the truth”: se privilegia la viralidad ante la calidad y la ética2.

La denominada posverdad permeó las elecciones presidenciales en Estados Unidos e incluso antes, el referéndum en Reino Unido. La OCDE vivió muy de cerca este último acontecimiento.

Presentamos un informe3 en la London School of Economics, meses previos a la votación, sobre cuáles serían las consecuencias económicas del Brexit para la economía del Reino Unido. ¿Qué ocurrió? Medios sensacionalistas distorsionaron nuestras estadísticas para reforzar su posición sobre una política migratoria restrictiva y la necesidad de “recuperar el país’’. Desde la campana del Leave se señaló que los “ciudadanos de a pie” ya no confiaban en los “expertos”, incluidos los de la OCDE a los que buscaron deslegitimar alegando que dicha organización estaba financiada por la UE.

De esta experiencia sacamos importantes lecciones.

La primera es que la autocrítica es necesaria. Nos preguntamos si no erramos al producir un informe denso y repleto de datos económicos, en un trasfondo de apelaciones emotivas y esperanzadoras (pero ilusorias) promesas. Fuimos a predicar a los conversos yendo a Londres en vez de haber llevado nuestro mensaje a los ciudadanos más escépticos más allá de la gran metrópolis. No hicimos suficiente énfasis en los avances positivos en la calidad de vida de los ciudadanos británicos, ligados a la membresía del Reino Unido en la UE. Ha llegado el momento de desarrollar datos objetivos más relevantes para las sociedades que llevan tiempo siendo testigo de una creciente desigualdad y falta de oportunidades. Fusionando un llamado al alma y a la lógica de las personas.

La segunda lección es que debemos dedicar más tiempo a la vertiente frecuentemente olvidada de la comunicación: escuchar. Interesarse por lo que ve el otro, transmitir pero también recibir. La tecnología cívica y las plataformas digitales como el Índice para una Vida Mejor4 de la OCDE nos están permitiendo conocer mejor las prioridades de las personas en materia de bienestar a través de la participación y el involucramiento cívico. Ser más inclusivo para ser más relevante y así conectar nuestro trabajo con las aspiraciones e inquietudes de las personas.

En resumen, frente al exceso de ruido mediático y la falta de confianza aprendamos a ser mejores guías y a dejarnos guiar. Aprovechar la oportunidad que nos brinda la digitalización para canalizar nuestra inteligencia colectiva y así evitar la deriva hacia la estupidez colectiva.