La expresión posverdad –o post-truth en su versión original– no es de reciente data, pero se ha convertido en viral –como llaman en las redes sociales– y, por tanto, de uso generalizado, a raíz de la campaña del actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Su masiva utilización ha llevado al Diccionario Oxford de 2016 a seleccionarla como la palabra del año. Cierto que esta calificación no implica calificarla de correcta o lícita, pero supone cierta subestimación a los principios éticos contra los que atenta el concepto de posverdad.

Sobre la noción de posverdad, suele definirse como “aquello que es aparentemente verdad, resulta más importante que la propia verdad”. Gregorio Cano Figueroa, en Clarín, 22 de noviembre de 2016, apunta que la posverdad es el fenómeno en el que “los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que la apelación a la emoción y a la creencia popular”. Lo cual significa que las sociedades, deslumbradas por el discurso y la propaganda, dejan de lado la verificación y el análisis de los hechos, para, cautamente, aceptar como válido el mensaje de caudillos, políticos y aventureros.

La posverdad tergiversa los principios básicos de convivencia humana como son el culto a la verdad y a la honestidad

En efecto, la posverdad tergiversa los principios básicos de convivencia humana como son el culto a la verdad y a la honestidad, y favorece las actitudes que se valen del engaño y la mentira o de las verdades a medias, para que prevalezcan sus intereses y apetitos. La verdad es o no es. No existe la media verdad, ni tampoco la verdad subjetiva. Hablar de “mi verdad” es un atentado a la razón. Puede haber opiniones y en ese campo cabe la más amplia libertad para que cada persona emita la suya sobre cualquier asunto. Pero si se trata de hechos objetivos, como por ejemplo, el número de habitantes de un país, su producto interno bruto, el nivel de educación de sus ciudadanos, la situación financiera de una empresa, el endeudamiento público, o el déficit fiscal, no cabe sino la realidad objetiva, que es una sola. Todo lo que se proponga disfrazar la verdad, ya sea modificándola groseramente –como la manipulación de estadísticas– ya ocultando hechos que desinforman al lector, o ya valiéndose de artificios que alteran una contabilidad, son adulteraciones de la verdad. A lo largo de la historia, la tergiversación y el engaño han estado presentes. Valga recordar aquella conocida estrofa de Ramón de Campoamor (1807-1901): “En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”.

Si la posverdad se refiere a la prevalencia de los sentimientos y emociones sobre la realidad objetiva, y si a ella acuden principalmente políticos demagogos y populistas en busca del apoyo de los ciudadanos, lo que existe es una grosera distorsión de la realidad en busca del apoyo popular. Y las consecuencias están a la vista: el voto a favor de Trump –cierto que con un sistema complejo y poco entendible, pues Clinton obtuvo la mayoría del voto popular–, ha llevado a la presidencia de la primera potencia a un personaje de obscura trayectoria, dominado por sus impulsos y que parece que gobernará a base de tuits. Es fruto de una campaña basada en la emoción, que dejó de lado el análisis objetivo y racional. Hay que reconocer que la candidata de la alternativa no era la mejor, pero indigna que tenga lugar en la democracia más antigua del planeta y que sus autores se parapeten, con cinismo de vuelta al ruedo, en la posverdad o post-truth. La demagogia y el populismo, que ocultan la realidad y desbordan en ofrecimientos y promesas huecas e irrealizables, en busca del voto, han sido más propios de los países latinoamericanos que de los anglosajones. Pero Europa tampoco ha estado libre de estos fenómenos: Hitler y Mussolini, con los brutales efectos de la Segunda Guerra Mundial, fueron resultado del avasallamiento de alemanes e italianos obnubilados por la garrulería de sus caudillos.

La elección de Trump, la votación mayoritaria en el Reino Unido para abandonar la Unión Europea, el Brexit, y el rechazo a las reformas de fondo que planteó el ex primer ministro italiano Matteo Renzi, son consecuencias del neopopulismo.

En Estados Unidos proliferan las manifestaciones contra Trump y sus primeras decisiones

En Estados Unidos proliferan las manifestaciones contra Trump y sus primeras decisiones. El Reino Unido enfrenta su eventual desintegración por la posible separación de Escocia, que no quiere dejar de ser parte de la Unión Europea. E Italia está sumida, una vez más, en una muy peligrosa inestabilidad política.

Junto con la necesidad de retornar al culto de principios y normas fundamentales como la honestidad y la verdad, la sociedad universal –ahora tan integrada– deberá rechazar y condenar el engaño y la mentira –la posverdad– que facilita la proliferación de regímenes autoritarios y corruptos. Y también prácticas privadas cuyo único objetivo es el dinero, sin reparar en los medios utilizados para obtenerlo.