Aunque la mentira se vista de posverdad, mentira se queda. Hemos decidido, como sociedad, sucumbir al mundo orwelliano. Aceptamos que el neolenguaje se imponga con el uso de conceptos que no hacen más que esconder una realidad muy poco atractiva. Aceptamos ser controlados por millones de pantallas que nos observan cada día. Aceptamos, día a día, dejar de ocupar nuestro lugar en la defensa de sociedades libres y democráticas. Lo hacemos sin darnos cuenta. Endulzando la realidad con conceptos que actúan como el placebo de un trending topic. La posverdad no es más que el reino de la mentira.

La posverdad no es un fenómeno nuevo. Ni mucho menos. A lo que hoy llamamos posverdad, en otras décadas lo llamábamos propaganda. La creación de realidades alternativas bajo el mando del control de los medios de comunicación. Realidades alternativas que no se basan en los hechos, sino en las emociones. Realidades alternativas que se basan en la percepción, no en el dato. La diferencia con otras épocas es que hoy tenemos a nuestro alcance herramientas de doble filo. Por un lado, nos permiten tener acceso a las fuentes de información necesarias para señalar y combatir la mentira. Y a la vez, dan un impulso jamás visto a la mentira, que corre como la pólvora y permanece en la superficie durante años. Es a la vez posible e imposible.

Lo que debemos discernir es cómo podemos usar todas las herramientas a nuestro alcance para que la verdad impere y podamos vivir en democracias fuertes

Pero no todo es culpa de internet. Internet no es más que un canal. Una herramienta. El lugar en el que ocurre. Es el uso de los que quieren crear esa realidad alternativa lo que debemos poner en el centro de la pista. Lo que debemos analizar es por qué dejamos que los que quieren construir su realidad a base de mentiras lo puedan hacer. Lo que debemos discernir es cómo podemos usar todas las herramientas a nuestro alcance para que la verdad impere y podamos vivir en democracias fuertes. Y en ello, la comunicación tiene mucho que decir.

Desde el ascenso de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos una imagen sale como una seta en mi timeline de Facebook. Es un gráfico muy sencillo con los logotipos de los principales medios en ese país, organizados según su fiabilidad y según su espectro ideológico. Esa imagen que aparece de forma intermitente en los muros de millones de personas cada día no hace más que recordarnos que el día en el que nos rendimos en tener una mejor educación, perdimos esta guerra sin ni siquiera presentarnos en el campo de batalla.
Nuestras sociedades siguen sin ofrecer mejores herramientas educativas para discernir la verdad de la mentira. Vivimos en sociedades con niveles de lectura ínfimos, con programas educativos acosados por los recortes y en los que lo online apenas ha entrado en el aula. Si no nos educamos, somos vulnerables a la mentira. Podemos estar alfabetizados, pero seremos unos ignorantes. Las condiciones perfectas para que el virus de la mentira se propague.

Hemos dejado de confiar en las instituciones, en la política, en las empresas. Los ratios de confianza en lo que antes era casi sacrosanto no han hecho más que bajar a lo largo de la última década. Somos vulnerables a la mentira y no confiamos en los que son objeto de esos ataques. Si antes una institución tenía el beneficio de la duda, hoy otros se benefician de ella.

Tenemos, pues, un caldo de cultivo que solo puede hacernos daño. A las instituciones, a los gobiernos, a las empresas… a nuestras sociedades en su conjunto. Y la estrategia de respuesta ante esta amenaza no puede venir de la tradición. No se puede luchar contra la posverdad con una nota de prensa. Ni con un artículo en Expansión. Esta guerra se juega en la red. Los tanques no sirven.

Esta guerra se libra en sus espacios. Hay que atacar a la mentira allí dónde se produce. No esperar que la acción en otros campos permita llegar a todos aquellos que ya la creyeron a pies juntillas. Ya no hay tiempo para valorar si estar o no estar presente en la red es una buena o mala decisión. Ya no hay tiempo para creer si tal o cual red social es buena o no para un interlocutor. La mentira viaja a una velocidad pasmosa y la batalla debe librarse en el mismo campo.

Esta guerra precisa de una nueva cultura de la respuesta. Las instituciones deben de perder el miedo de una vez por todas a relacionarse con los ciudadanos

Esta guerra precisa de una nueva cultura de la respuesta. Las instituciones deben de perder el miedo de una vez por todas a relacionarse con los ciudadanos. Las empresas deben entender que la mejor manera de incrementar las ventas es relacionarse con sus clientes. Cuando una mentira puede afectar a la reputación, y por ende, a la confianza que las personas tienen en una institución o empresa, es imperativo responder. En Change.org vemos diariamente, como plataforma, el uso que hacen muchas personas para iniciar peticiones a instituciones y a empresas. No gestionar esas peticiones y decidir no responder en el lugar en el que se pone en entredicho a la propia institución es un suicidio. Tenemos las herramientas para responder. No podemos escudarnos en artillería comunicativa del siglo XX.

Debemos hablar como personas normales a personas normales. Hablar allí donde están las personas que hablan de nosotros. Debatir con emoción lo que dice la razón. Si no, las instituciones sobre las que se sustentan nuestras democracias corren el riesgo de ser irrelevantes. Ese es el gran riesgo de la posverdad. Ser tan atacados y estar tan desconectados que las instituciones y empresas pasen a ser irrelevantes. Que su realidad alternativa basada en la mentira pase a ser la alternativa a la realidad.