EN AMÉRICA LATINA TENEMOS UNA LARGA EXPERIENCIA CON LA POSVERDAD Y EL POPULISMO

La revista The Economist describe el concepto de posverdad como una confianza en afirmaciones que se ‘sienten verdad’ pero no se apoyan en la realidad. Las victorias de Trump en las elecciones presidenciales de EE. UU. y del Brexit en Gran Bretaña hicieron que el Diccionario de Oxford la eligiera como la palabra del año.

En Chile, el ministro de Hacienda, Rodrigo Valdés, hizo alusión al fenómeno a fines del año pasado y advirtió acerca del peligro que genera el “clima beligerante” en el debate público. Dando rienda suelta quizás a una frustración acumulada, dijo que las exageraciones son nocivas y no ayudan a generar el espacio para el buen desarrollo de políticas públicas.

Lamentablemente, todo indica que en la campaña presidencial que se viene este año lo que primará será la posverdad y no los hechos.

Editores y directores de medios alrededor del mundo se están preguntando cómo reaccionar ante la desconfianza y falta de credibilidad

Afuera de Chile, los primeros dos meses de Trump en La Casa Blanca confirman que el multimillonario empresario está apostando a las emociones y no a los hechos. Tiene claro que estamos viviendo una era en la que la gente tiene menos paciencia para los hechos, datos y verdades.

Esta era en la que las emociones y “afirmaciones que ‘se sienten verdad’, pero no se apoyan en la realidad” priman sobre lo objetivo y la realidad es un tremendo desafío para los medios.

Editores y directores de medios alrededor del mundo se están preguntando cómo reaccionar ante la desconfianza y falta de credibilidad, y qué hacer para seguir conectando con las audiencias. Audiencias que han dejado claro que quieren mayor transparencia y mayor participación. Audiencias que son escépticas de los técnocratas (en gran parte por culpa de los propios técnocratas) y que quieren ser consultadas y ser partícipes de las soluciones de sus problemas.

Y ese desafío no es solo para los medios. También lo enfrentan empresas y líderes políticos.

Al ser humano siempre la ha gustado escuchar buenas historias. Ya sea en forma oral, como nuestros antepasados cavernícolas, en vídeos de 30 segundos o en 140 caracteres. El desafío para los medios es contar buenas historias.
Y Trump y el resto de los populistas que están tomando por asalto al modelo liberal basado en la racionalidad, que ha reinado en Occidente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, lo entienden perfectamente. Como dijo elocuentemente, recientemente, el ex primer ministro británico Tony Blair: “para ellos y sus seguidores, la razón y los hechos son una irritación, la evidencia una distracción y el impacto emocional de lo que dicen y prometen es lo único que importa”. Esos movimientos se convierten en un “refugio de la realidad” y una excusa para no enfrentarla.

Lo que estamos viviendo es una enorme ola en contra de lo que la gente ve injusto de la globalización, en contra de las élites. Y lo que hacen estos líderes populistas es convencer a los desafectados –que son muchos– de que ellos tienen la respuesta contra eso y que su respuesta es la única. Y además, que son los únicos que les están “contando la firme” de lo que está pasando, cuando en realidad lo que están haciendo es precisamente lo contrario.

El medio del cual soy parte cree profundamente en la batalla de las ideas. Nuestra apuesta siempre ha sido hacer un periodismo interpretativo y con pasión, pero –y esto es muy importante– basado en hechos y verdades. Estamos en el negocio de interpretar y refinar argumentos y transformarlo en relatos que emocionen, pero siempre basado en verdades. La verdad y los hechos sí importan.

Y es por eso que nuestra receta para seguir siendo relevantes e influyentes es más verdad, más realidad, más transparencia y apostar a contar historias con pasión. No hay que subestimar el poder de la gente. Si hay ideas, historias, relatos que impacten y emocionen, la gente va a reaccionar.

No hay que subestimar el poder de la gente

El error que cometió la prensa occidental con Trump y con el Brexit fue ningunear las historias, las penumbras y los desafíos de mucha gente que no se ha visto beneficiada –o no lo ven– en forma real y práctica con la globalización, el capitalismo y la era digital. La prensa se tecnocratizó y sin darse cuenta se convirtió parte de la élite, del mismo poder que tiene como deber y misión escrutinio y fiscalizar. Mostró los números, hechos y realidades, pero no todas y sin emoción.

En nuestro Chile pasa algo similar, pero al mismo tiempo diferente. La prensa dominante siempre fue parte del poder, nunca un cuestionador. Y su error fue enfocarse a contar las historias macro que mostraban el innegable progreso y boom que ha experimentado el país en los últimos 30 años. En muchas formas reflejaron lo que era el relato oficial de la élite gobernante y del empresariado. Pero no contaron la historia de los postergados, de la desigualdad, de los abusos y corrupción. Todos temas que, de a poco, le han quitado legitimidad al modelo y al sistema, y dejado abierto el espacio para que la posverdad se instale en el debate.

Mi respuesta es que ante ese desafío sólo se puede responder, como dije antes, con más verdad, mejores historias y con relatos que emocionen.