Entre 2007 y 2016 unos 20.000 periodistas abandonaron alguna cabecera estadounidense por despido o amortización del puesto, según el profesor de la Universidad de Kansas, Scott Reinardy. Entre mediados de 2008 y octubre de 2015 los medios españoles dejaron de contar con 12.000 empleados, afirma la Asociación de la Prensa de Madrid (APM). Son rastros de una tormenta perfecta provocada por la suma de la revolución digital más la crisis económica que se ha repetido en muchos países. Cuando Lehman Brothers se derrumbó en 2008, pocos intuían que la icónica fotografía de uno de sus trabajadores sacando sus pertenencias en una caja de cartón podría valer en el futuro para muchas redacciones.

Va a hacer una década de aquello y, tanto medios de referencia como nuevos medios, llevan todo ese tiempo preocupados por dar viabilidad a su modelo de negocio. En la competencia salvaje que la crisis detonó, hemos asistido a un despliegue maravilloso de creatividad, proyectos y nuevos lenguajes. Llegaron las infografías interactivas, el storytelling multimedia y la realidad virtual. Ganó el lector, que se benefició de esa oferta jugosa y, además, se asentó como emisor con la llegada de la Web 2.0 (hacia 2004), basada en una simplificación de los gestores de contenido que democratizaba la publicación en Red.

Solo iniciada la búsqueda exhaustiva de causas por las que Donald Trump ganó en 2016 las elecciones se comprendieron los riesgos de la información de mala calidad

Pero con plantillas reducidas, ni los medios tradicionales ni los nativos podían llegar a todo en un Internet que tendía a la inmensidad. Aumentaban las conexiones a la Red, la velocidad de conexión, los accesos desde teléfonos móviles y los contenidos generados por usuarios (UGC). En el fragor de los cambios se perdieron cosas y era cuestión de tiempo que reaparecieran maltrechas, sobre todo allí donde se apostó por la cantidad y no por la calidad.

Que el acabado de muchas de las nuevas publicaciones fuera profesional no significaba que lo fuese el contenido. Pero solo iniciada la búsqueda exhaustiva de causas por las que Donald Trump ganó en 2016 las elecciones se comprendieron los riesgos de la información de mala calidad que circulaba por la Web. Había desaparecido la agenda mediática común y, en paralelo a la fragmentación de audiencias, la sociedad se había polarizado políticamente. Se habló, entonces, de burbujas ideológicas, algoritmos sesgados, posverdad, bots propagandísticos, bulos y noticias falsas. Estas tuvieron más éxito que las reales en Facebook durante la campaña y beneficiaron al candidato republicano. Emitidas por fuentes que se presentan como legítimas sin serlo, centradas en hechos o datos inexistentes, suelen partir de sitios creados con el único propósito de ganar dinero atrayendo clics y publicidad. Es difícil notar visualmente la diferencia entre ellos y la página web de un medio reconocido.

Se ha abusado de la expresión noticias falsas en un debate político sin fin sobre hasta qué punto influyó la desinformación en la victoria de Trump, pero si algo ha conseguido su figura es que el periodismo refuerce una de sus tareas esenciales: la verificación. Crece –y será necesario que lo haga aún más– la colaboración de los medios con entidades especializadas en el rastreo del engaño digital.
En muchos de los ERE que afectaron a periodistas estos años de crisis se incumplió la norma de “el último que llega es el primero que se va”. Quienes salieron por la puerta fueron redactores experimentados a los que se juzgó incompetentes para manejar las nuevas herramientas digitales. Los más jóvenes sabían grabar un vídeo y subir rápidamente un audio a la Web, pero pudieron quedar huérfanos de otras enseñanzas básicas con relación a las rutinas profesionales. Particularmente, el baile fuentes-periodistas es un arte difícil y las normas para no ser distraído por ellas en el mundo real deben mantenerse cuando la fuente es un individuo tras una cuenta social o un sitio web.

El baile fuentes-periodistas es un arte difícil y las normas para no
ser distraído por ellas en el mundo real deben mantenerse cuando la fuente es un individuo tras una cuenta social o un sitio web

Muchas de las herramientas de trabajo que propone FirstDraftNews, la coalición internacional que coordina globalmente los esfuerzos de verificación digital, se refieren al rastreo de las fuentes: su credibilidad, su historial en Red y fuera de la Red, sus contactos e intercambios con otros actores, su geolocalización. Es una vuelta a los orígenes por nuevas vías.

La credibilidad de los medios es menor que nunca y ha llegado a escribirse su obituario ante la pujanza de las redes sociales. Se desconfía de ellos en un 80 % de los países analizados por el Barómetro de Confianza 2017 de Edelman. Sin embargo, un estudio de Ipsos/Buzzfeed realizado en enero de este año muestra que si bien un 55 % de los adultos de EE. UU. acceden ya a las noticias vía Facebook y no vía medios, sólo un 18 % considera fiables los contenidos alcanzados por esa ruta. La credibilidad es, por tanto, una batalla de todos: plataformas nuevas y asentadas, y la verificación sistemática (analógica y digital) puede ser el signo de calidad que permita en ambos casos distinguir el verdadero periodismo y reconectar con las audiencias.