Es innegable que uno de los grandes retos de la comunicación actual es la brevedad. Para conseguirlo se requiere de una inmensa capacidad de concreción, lo cual exige de mucha claridad. En el mundo de hoy, el de la obsolescencia inmediata y las coyunturas disruptivas, la claridad no existe por definición.

Esta dificultad plantea un reto aún mayor, consistente en la necesidad de recuperar la consciencia sobre la trascendencia de principios y valores fundamentales, como presupuestos esenciales de cualquier consideración sobre la actividad humana.

Y en materia de principios, valores y presupuestos esenciales, la brevedad y la simpleza se desprenden de una capacidad de síntesis conceptual que solo brindan la reflexión, el estudio, la experiencia y la sabiduría.

En los fulgurantes entornos de la innovación, tan generalizada y en boga, se ha impuesto como premisa la conveniencia de partir de cero para reinventarse y pensar distinto. Peligrosa facilidad, sobre todo para los más jóvenes, que mal conducida se ha convertido en una insana invitación a la improvisación y la ligereza.

En los entornos de la innovación se ha impuesto la conveniencia de partir de cero para reinventarse y pensar distinto

El mundo de las tecnologías de la información como repositorio ilimitado de fuentes y archivos, ha producido un desplazamiento de las competencias relativas a la comprensión, el conocimiento y análisis, dando paso a las de la gestión de la data como herramienta metodológica, y tal dinámica se ha convertido en patente de ignorancia y frivolidad intelectual, ya que como al conocimiento almacenado se puede acceder en cualquier parte y en cualquier momento, aprehenderlo parece no ser ya prioridad.

La masividad y la inmediatez gratuitas de las nuevas tecnologías, con esa apabullante dinámica de lenguajes, actores y contenidos que exceden toda capacidad de comprensión, aprendizaje y retención conscientes, nos sustraen del pasado, nos extravían en el presente y nos catapultan a un futuro incierto, por las vías del desasosiego, la confusión, la ansiedad y la dispersión.

Es aquí donde medios y comunicadores –quienes han enarbolado la lucha por la libertad de opinión el análisis y la denuncia; el derecho al cuestionamiento; la libertad de prensa; el periodismo profesional; y la comunicación que entraña información, educación, orientación, pedagogía, ascendiente, influencia y representación– están llamados a aglutinarse alrededor de un profundo llamado de atención constante, sobre la inconveniencia de la masificación social y cultural vía la hiperconexión y la adicción a la tecnología en sí misma.

Durante milenios, la transmisión del conocimiento estuvo reservada a las grandes mentes capaces de asumir la responsabilidad y el desafío de hacerlo contribuyendo a su evolución. La tradición oral que dio origen a lenguas imperecederas, la elaboración de registros físicos que dio lugar a la escritura, la construcción de estructuras y la preservación de bibliotecas y espacios donde inmortalizar el conocimiento, materializaron las culturas.

No podemos resignarnos hoy a que todo esto se inmaterialice, reduciéndose a una funcionalidad en un dispositivo inteligente con el que cualquiera, a tiro de un botón, crea poseer y disponer del conocimiento de la humanidad almacenado por quién sabe quién. Consultando fuentes en su mayoría descalificadas, irrelevantes e inconducentes, y que hacen parte, mayoritariamente, de una cadena de comercialización de intereses de quienes siempre se rentabilizan con la ingenuidad, superficialidad e ignorancia de los demás.

Esta estrategia consistente en conectar a las personas masivamente con la mayor cantidad de información inútil de manera permanente, copando su capacidad cognitiva, la memoria y la reflexión con intereses puramente mercantiles y banales, debe ser objeto de cuestionamiento por parte de todos los involucrados, esto es, de toda la sociedad.

En medio de todo este engranaje que nos mantiene hiperdispersos, mientras, de otra parte, es cierto que nunca habíamos tenido un mundo mejor, tan adelantando, lleno de información, conocimiento y participación, el futuro de la humanidad clama por el rol de líderes, medios y comunicadores capaces de convocar la atención de la misma sociedad para exigir, cada tanto, un alto en el camino para respirar y pensar, para marcarle un ritmo sano a esta realidad y encausarla para bien.

No pueden sucumbir las empresas periodísticas a las dinámicas de la inmediatez, la masividad y los apuros económicos del negocio cambiante. Debe primar su misión

No pueden sucumbir las empresas periodísticas a las dinámicas de la inmediatez, la masividad y los apuros económicos del negocio cambiante. Debe primar su misión. No pueden los líderes sociales permitir su minusvalía. Deben ser tales líderes y los hacedores de información y de opinión los primeros llamados a rescatar los principios, valores y presupuestos esenciales de la razón de ser de la vida humana.

Y para rehumanizar esta dinámica vital, se requerirá como sustento de procesos de innovación bien entendidos, de una importante dosis de desconexión, equilibrio y ponderación, que contenga la dispersión que no nos está permitiendo ver con claridad.