“Las nuevas tecnologías han cambiado los parámetros de la ética”

 

Con Carlos Padrón no es posible confeccionar una entrevista periodística al uso. Es un hombre tan abundante de experiencias, lecturas, vivencias e inquietudes que sólo cabe mantener con él una sugestiva y, a veces, apasionante, conversación. De los muy pocos profesionales de la psiquiatría en España que ha cultivado el psicoanálisis, es un profundo conocedor de las pautas conductuales de los humanos. Su trabajo ha consistido –y consiste– en entender la hondura de las emociones y los sentimientos y tratarlos de tal manera que emerja lo mejor de cada individuo. De ahí que hablar con él de la vulnerabilidad y la fortaleza que proporcionan las nuevas tecnologías en la sociedad actual, sobre lo que mantiene unos criterios profundos y documentados, resulte una experiencia enriquecedora.

“La vulnerabilidad a la que nos exponen las nuevas tecnologías, y especialmente, las redes sociales, tiene un nombre: la mentira. Con los tiempos las debilidades individuales y colectivas van cambiando y ahora nos toca enfrentarnos a la difusión de noticias que no podemos cotejar, que nos infunden desconfianza y que en muchos casos son falsas”.

 

¿Somos vulnerables porque hay un transporte masivo de mentiras?

 

“No sólo por esa razón, también porque ha cambiado la vivencia del tiempo. Todo es más rápido y se ha alterado la ecuación entre lo que es urgente y lo que es importante, de tal manera que todo sería perentorio, inmediato en detrimento de lo que es sustancial, trascendental. Se trata de un cambio muy profundo de la pauta habitual: pasado, presente, futuro, cada uno de ellos engarzado con los otros”.

 

Carlos Padrón sigue sin que apenas le interrumpa con preguntas:

 

“Esa nueva comunicación, esa hiperconexión, se hace a través de nuevos lenguajes, diferentes a los anteriores. El problema no reside en la corrección del lenguaje –para eso está la Real Academia– sino en que el lenguaje no solo es un sistema de comunicación sino que además ejerce un efecto modelador de las estructuras mentales: el lenguaje remodela la mente e incide sobre los afectos, los sentimientos, las emociones. Todo eso corre el riesgo de quedar alterado con las nuevas tecnologías. Por ejemplo ¿un tuit incorpora lenguaje? Yo creo que no. Un tuit es el transportador de un hecho, cierto o no, pero no es una frase de un lenguaje ordinario en una conversación y esa circunstancia impacta en la forma de entender lo que sucede, incide en la forma de organizar la relación entre el mundo externo y el mundo interno, incide en el arte de crear el mundo y la sociedad”.

 

Me pregunto y le pregunto si quizás no es ésta una visión muy negativa de la aportación a nuestro mundo de la tecnología, de la digitalización de la economía y de la sociedad.

 

“No, tiene aspectos positivos y el mayor es que estimula la creatividad y ayuda al conocimiento. Todos los peligros que encierra esta potencia tecnológica deben ser neutralizados con contramedidas también tecnológicas, de manera que en el problema está la solución. Y eso deben tenerlo en cuenta los Estados, las sociedades y los individuos. Estamos en una situación de crisis, y las crisis son el caldo de cultivo de la creatividad”.

 

Le comento que los Estados se están pertrechando contra el cibercrimen, el ciberterrorismo, la injerencia en las políticas de otros.

 

“Sí, por eso las contramedidas para neutralizar los riesgos están en las propias tecnologías. Así ha ocurrido en la historia, a cada problema una solución. Hay, y debe haber, una tendencia a la utilización benéfica de la tecnología”.

 

Ocurre que Padrón es a fin de cuentas un psiquiatra y no puede desprenderse de su propia experiencia por la que le pregunto. ¿Crean adicciones perniciosas las dependencias digitales?

 

“Sí, claro que las crean. Una adicción consiste en la necesidad de hacer una cosa imperativamente. Pero no basta esa pulsión para que se trate de una adicción. A lo imperativo se añade lo progresivamente más cuantitativo. Es decir, el móvil provoca adicción no sólo porque se mire decenas y decenas de veces al día, sino porque el número de consultas aumenta hasta la obsesión. Eso es una adicción que, como tal, es una patología y se trata psiquiátricamente. No lo hacemos en España pero sí en Estados Unidos, por ejemplo, en donde la psiquiatría ha llegado a determinados extremos como por ejemplo, tratar la ansiedad de los perros. La terapia es conductual, pero puede llegar a ser farmacológica”.

 

¿Porque crea ansiedad?

 

“Sí, la ansiedad debe tratarse y se produce por un exceso de información. Y esta cantidad enorme de información nuestro cerebro no sabe cómo manejarlo, cómo gestionarlo. El cerebro es selectivo y la aprehensión de determinados datos responde a motivaciones variadas, como por ejemplo, los afectos, los sentimientos de proximidad. Insisto en que el cerebro procesa mal los excesos de información porque no logra hacer determinadas asociaciones, las más complejas, y como reacción surge un bloqueo de las decisiones”.

 

Vivimos, es verdad, en una sociedad ansiosa.

 

“El exceso de ansiedad tiene una capacidad muy negativa que es la de bloquear al individuo, crea desazón, confusión y en todo ello inciden los excesos de información, la hiperconexión que no permite la absorción cerebral de tantos datos. Pero si me preguntas cual es el efecto más hondo propiciado por las redes sociales y las tecnologías de la información, te diré que, sin duda es el cambio en los parámetros de la ética. O para ser más exactos: se da una gran dificultad para discernir qué es ético y qué no es ético”.

 

Se trataría, deduzco, de no saber qué es correcto o incorrecto, bueno o malo, porque todo llega sin filtros, en cascada. Carlos Padrón asiente:

 

“Así es”.

 

Le pregunto por la dualidad social ante las nuevas tecnologías, es decir, unas generaciones digitales frente a otras, analfabetas en esta materia. Se trataría, le digo, de una brecha.

 

“Siempre se han dado dualidades sociales. Esta que apuntas tiene una característica: es transitoria. A medida que avanza la digitalización se van incorporando las generaciones que las usan y extinguiéndose las que no las usan de modo que llegará el momento de la plena asunción de las nuevas tecnologías”.

 

Pero para eso –aduzco– habrá que esperar.

 

“Sí, claro que habrá que hacerlo pero el cierre de esa dualidad, de esa brecha, se ve matizada por el hecho de que las nuevas tecnologías apelan al instinto gregario de las personas que viven en sociedad. Esa es una tendencia irrefrenable y tantas veces negativa. El nazismo, por ejemplo, fue, entre otras cosas, un fenómeno de gregarismo pese a su perversidad”.

 

¿Cuál sería la clave de la vulnerabilidad a la que nos exponen las nuevas tecnologías?

 

“Antes he te dicho que es la mentira, pero también añadiría la falta de confianza”.

 

La apreciación final de Carlos Padrón remite, efectivamente, a un fenómeno absolutamente común: los ciudadanos han adoptado una actitud de cautela, de retraimiento, en definitiva, de desconfianza. Padrón me recuerda:

 

“Observamos algunos fenómenos digitales que nacen de la rabia y la ira. Tengamos muy presente que estas expresiones tensas y descontroladas desagregan, rompen y aquellas que nacen del amor crean conjuntos cada vez más amplios”.

 

Y, claro, es lo que interesa –le replico- que los instrumentos de progreso creen conjuntos de armonía, de entendimiento, de ciudadanía.

 

“Sí”.

 

Escuetamente, Carlos Padrón asiente, mientras me muestra un ensayo que está leyendo.

 

“Releo los clásicos en el libro electrónico y leo los periódicos en papel”.

 

Va a cumplir ochenta espléndidos años y su lucidez le hace un hombre en la plenitud de su tiempo. Ahora está absorbido por un ensayo ya avanzado que llevará este título (provisional): “La creencia, lo religioso y lo sagrado. Ensayo psicoanalítico sobre el fanatismo”.